Ayahuasca (y Carlos) entre dos mundos

No andaré con subterfugios retóricos: el propósito de este artículo es financiero. Estoy en pleno crowdfunding para publicar el fotolibro Ayahuasca entre dos mundos y necesito mecenas; para conseguirlos, durante los cuarenta días que dura la campaña me estoy dedicando intensamente a comunicar quién soy, qué hago y por qué para recabar apoyos, o sea, marketing, que detesto tanto producir como tú recibir. Y sin embargo, aquí estamos, yo escribiendo (muy animado) y tú leyendo (espero).

Vayamos a 2001, mucho antes del marketing, para que me entiendas. Entonces, la sugerencia del amigo de un amigo me llevó, en mi primer periplo suramericano, a la comunidad indígena de San Francisco de Yarinacocha, en la selva peruana, donde permanecí en casa de un “chamán” shipibo. Conviví con su extensa familia, tomé ayahuasca y, ahora es evidente, mi vida cambió: en 2007 me vine a vivir al Amazonas y desde entonces me dedico a investigar el uso de la ayahuasca en su contexto sociocultural.

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Suárez Álvarez en San Francisco de Yarinacocha, en el año 2008, junto a Teófilo, uno de los trabajadores del centro de medicina natural Suipino.

En Madrid, en 2006, disfrutaba mi trabajo de reportero, contactos, dinero, un lindo apartamento en el centro “y una gran vida social”. Aun así me sentía insatisfecho, no me gustan los horarios ni los jefes, ni otras presiones sutiles o abrumadoras que determinan el ejercicio del periodismo. La Amazonia resonaba y cuando supe que en la ciudad de colombiana de Leticia, en la triple frontera con Brasil y Perú, la Universidad Nacional de Colombia ofrecía una Maestría de Estudios Amazónicos, me decidí a dar el salto. Creo que a mi alrededor fue visto como una excentricidad o un cambio radical. Para mí fue una estrategia profesional, eminentemente práctica: obtener un conocimiento sólido de la región para convertirme en cronista del Amazonas. Trabajaría de manera independiente, ganaría un montón de pasta, lloverían los premios.

La parte sensata del plan la cumplí: después de cuatro años de esfuerzo, uno de ellos haciendo trabajo de campo en dos pueblos shipibos, me gradué cum laude de la Maestría. Mi tesis fue una gran etnografía-crónica-novela sobre la juventud shipiba, un intento de acercar al público general el conocimiento producido por los antropólogos, normalmente reservado a círculos académicos.

La parte fantástica del plan era fantasía: en los siguientes años vi cómo se acumulaban en el cajón la gran etnografía-crónica-novela, dos fotolibros y una novela. Solo la publicación de una obra anterior, Ayahuasca, amor y mezquindad, escrita en 2002, y el apoyo de la revista Cáñamo, que abrió sus páginas para mis reportajes, me permitieron pensar que un día u otro aparecería “el editor de mi vida”.

La esperanza denegada sistemáticamente por la realidad conduce a la frustración. La expresión “escritor frustrado”, que yo siempre había asociado con la escena de cierta película de Hollywood (un tipo alcohólico, sucio, desgreñado, violento), comenzó a parecerme apropiada para definirme. Aquí en Leticia hubiera podido dedicarme a otra actividad mejor pagada, más previsible (la docencia, el turismo, la academia), pero a pesar de todo tenía metido entre ceja y ceja publicar libros. ¿Por qué? Seguramente por un componente de narcisismo, propio de todo autor, y otro de la terquedad que me distingue, pero creo que sobre todo porque había encontrado una vocación.

Mi vocación nace de una profunda admiración por la forma en que la gente de la Amazonia se lo montó para vivir: en libertad individual, igualdad social y abundancia material, paradigma opuesto al de Occidente, donde los individuos están sometidos a múltiples niveles jerárquicos y la desigualdad social tiende al infinito, donde aunque se tenga todo nada es suficiente. Esos son los dos mundos: una sociedad de bienestar frente a una sociedad de insatisfacción (esa misma insatisfacción por la que ahora mismo estoy escribiendo estas líneas, deseando publicar un nuevo libro, prestigio, etc.). Matizo: esos fueron los dos mundos hasta la globalización.

Globalización es una palabra preñada de connotaciones positivas, como civilización. Etimológicamente civilización se refiere a ciudad, una articulación humana que sólo es posible en un sistema social jerarquizado, de especialización productiva, crecimiento económico continuo y sobreexplotación de la naturaleza. Se supone que el reverso negativo de la civilización es el salvajismo, pero si superamos las connotaciones y nos ceñimos a una interpretación etimológica, el salvaje es simplemente el habitante de una sociedad selvática, que se caracteriza porque las personas son autónomas, evitan la acumulación material y el crecimiento económico para no dañar la naturaleza que brinda abundancia material, para no perder la libertad.

Globalización: proceso por el que todo el Planeta debe participar en una misma civilización de desigualdad, sumisión a extraordinarias jerarquías, producción/consumo galopante y sobreexplotación/destrucción de la naturaleza. No es un fenómeno reciente, la llegada de los europeos a América inauguró esta oscura época dejando un continente arrasado por guerras, enfermedades, esclavitud y expolio. Hasta el momento Hollywood no ha hecho justicia; en los libros de historia lo llaman la Conquista o el Descubrimiento. 

Desde finales del siglo XVI la Amazonia quedó integrada en los circuitos comerciales globales. Todo tipo de productos cruzó los mares para alimentar a la sociedad insaciable, ávida de diversidad. La explotación del caucho, a principios del siglo XX, constituyó una cima de brutalidad civilizatoria en la tragedia de los pueblos amazónicos. A mediados de siglo XX los esfuerzos de Occidente no se limitaron solo a sacar: había que meter la ideología, cambiar las formas productivas, las relaciones sociales, las familias. En esas estamos: una escuela en cada comunidad.

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Una de las fotografías incluidas en Ayahuasca entre dos mundos retrata, a través de decenas de fotografías y breves piezas literarias, el chamanismo ayahuasquero y su expansión hacia Occidente.

Y, por fin, la ayahuasca: no existe ninguna otra práctica local que permita observar tan nítidamente la coincidencia de esos dos mundos. Porque la ayahuasca es uno de los pocos conocimientos locales que han encontrado un alto valor económico en el mercado, y su comercialización ha permitido, por primera vez, la aparición de indígenas adinerados. Porque miles de extranjeros llegan cada año a ciudades como Iquitos específicamente para probar este remedio, y se ha generado un negocio de millones de dólares. Porque las expectativas de los visitantes chocan contra un sistema médico muy diferente al que traen en mente, pero al pagar lo transforman a su antojo, porque el cliente/paciente siempre tiene la razón. Porque la demanda internacional de la ayahuasca está suponiendo la erradicación de la liana en extensas áreas de la selva amazónica, al tiempo que aparecen plantaciones comerciales y un cada vez más sofisticado aparato de intermediación: recolectores, transportistas, procesadores, cocineros, exportadores.

Esa intersección turbulenta y apasionante, reveladora, es la que represento en Ayahuasca entre dos mundos, que considero tanto un trabajo sobre chamanismo como una mirada al mundo en que vivimos tú, yo y ellos. Formalmente, una etnografía construida con decenas de fotografías y breves piezas literarias que condensan mis hallazgos y reflexiones fruto de once años de trabajo de campo (y de vida) en la Amazonia.

Marketing: comunicar quién soy, qué hago y por qué, con el objetivo de despertar tu interés para que apoyes el crowdfunding en el que ando:

https://www.verkami.com/projects/20199-ayahuasca-entre-dos-mundos

Te agradezco el tiempo que has dedicado a mis pensamientos y te deseo cosas buenas.

Carlos Suarez

Acerca de Revista Ulises

Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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Una respuesta a Ayahuasca (y Carlos) entre dos mundos

  1. Jaime Lepé dijo:

    Aunque el dictador espacial reduzca la profundidad de un campo antropológico demasiado extenso como lo es la Amazonía, el artículo logra un ligero panoptico sobre el lineamiento de las problemáticas que desde ese topos se abren, pese al espacio otirgado a las autoreferencias biográficas y subjetividades propias. En esa miscelánea me llama la atención la omisión a los asesinatos a shipibos ocurridos en estos días. Seguiremos leyendo tu conquista escritural

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