Sasha Shulgin, científico y humanista. J. C. Ruíz franco

Publicado en la revista número 18, este artículo de JC Ruiz Franco es un obsequio de año nuevo para los lectores de este blog.

Con motivo de la traducción y publicación de PIHKAL y TIHKAL en castellano, quien esto suscribe ha escrito en los últimos tiempos bastante sobre Sasha Shulgin (artículos que pueden leerse en www.shulgin.es), hasta el punto de que reconoce que le resulta difícil decir cosas nuevas. En un esfuerzo por aportar algo original, en este artículo nos centramos en su gran talento, que le permitió ser a la vez un excelente científico y un gran humanista, y dejamos que él mismo nos hable a través del escrito que tal vez sea su mejor manifestación de intenciones: la introducción a PIHKAL.

Los Shulgin frente al auto que resultó ser un bonito recuerdo de juventud.  Barcelona, 1977

Los Shulgin frente al auto que resultó ser un bonito recuerdo de juventud.
Sants (Barcelona), 1977

Alexander Shulgin nació el 17 de junio de 1925 en Berkeley (California) y falleció el 2 de junio de 2014: casi ochenta y nueve años de vida para una persona que, en su madurez, fue raro el día en que no tomara ninguna droga, en el entorno de sus experimentos y con el de- seo de desentrañar los misterios de sustancias que –siempre insistió–, antes de que las pro- basen y evaluasen correctamente seres humanos expertos, no eran más que una sucesión de símbolos químicos que no nos decían nada.

Como vamos a ver, Shulgin fue un humanista porque, aunque trabajaba entre matraces, pipetas y tubos de ensayo, su objetivo último no era producir sustancias en gran cantidad – cosa que sin duda logró–, sino más bien dotar a la humanidad de herramientas para lograr el conocimiento interior, en forma de drogas que sirvieran para acceder totalmente al mundo interno del sujeto, hasta lo más profundo de la conciencia e incluso del subconsciente. Ese acceso a lo inscrito en las profundidades de la mente no sólo serviría de ayuda para la psicoterapia, sino también para entender la esencia de la realidad, ya que el conocimiento del micro-cosmos (el hombre o su mente) permitiría obtener el del macrocosmos (el universo), postulando un isomorismo entre el ser humano y el universo, muy al estilo de los griegos clásicos.

Tal como él mismo dice, en su calidad de químico, pero precisamente también por su carácter humanista:

Yo comienzo explicando que debemos partir de la base de que, en primer lugar, la sustancia química recién nacida está tan libre de actividad farmacológica como un niño recién nacido está libre de prejuicios.

Cuando se concibe la idea de una nueva sustancia, no existen más que símbolos, un collage de extraños átomos unidos mediante enlaces, que se garabatean en una pizarra, o en una servilleta, en la mesa, durante la cena. La estructura, sin duda, y tal vez incluso algunas características espectrales y propiedades físicas, están pre-determinadas de forma inevitable. Pero sus características en el ser humano, la naturaleza de su acción farmacológica, o incluso el tipo de acción que podría llegar a mostrar sólo pueden ser objeto de conjeturas. Estas propiedades todavía no se pueden conocer, dado que en esta fase aún no existen.

Aunque el compuesto aparece como una nueva sustancia, tangible, material, que se puede pesar, aún es tabula rasa en lo que respecta a la farmacología, en el sentido de que no se conoce nada, y no se puede llegar a conocer nada, acerca de su acción en el ser humano, ya que nunca ha estado en el interior de un ser humano. Es sólo mediante el desarrollo de una relación entre la cosa que se pone a prueba y la persona que la experimenta como se pondrá de manifiesto este aspecto característico suyo, y la persona que realiza la prueba contribuirá a la definición final de la acción de la droga tanto como la droga en sí misma. El proceso por el que se averigua la naturaleza de los efectos de un compuesto es lo mismo que el propio proceso de conocer sus efectos.

PIHKAL y TIHKAL, en inglés y en castellano

Al principio de su carrera, Shulgin se limitó a la estrategia de publicar artículos en revistas científicas, sobre las sustancias que investigaba. Sin embargo, llegó un momento en que fue consciente de que era necesario llegar al público en general, hacer difusión a lo grande de este tipo de conocimientos, con el objetivo de informar también a los no especialistas. Y así, desde hace ya bastantes años, al principio mediante una distribución ajena a los cauces normales, y después gracias a la venta por Internet, hay en el mercado dos voluminosos libros –poco conocidos por el público ajeno a este ámbito, pero que son obras de culto para los buenos psiconautas– en los que, entre otras cosas, Shulgin describe cómo sintetizar 234 drogas, la mayoría de ellas prohibidas.

Por eso, después de mucho investigar y publicar, recopiló la mayor parte de sus co- nocimientos en sus dos libros principales, PIHKAL (1991), que es el acrónimo de «Phe- nethylamines I Have Known And Loved» (Fe- netilaminas que yo he conocido y amado), y TIHKAL (1997), acrónimo de «Triptamines I Have Known And Loved» (Triptaminas que yo he conocido y amado).

Aun moviéndose fuera del mercado editorial convencional, del primero se han vendido unas 40.000 copias y del segundo unas 20.000, unas cifras bastante buenas para la (lógicamente) escasa publicidad que han recibido en los medios de comunicación. En esas obras, Shulgin concentró toda su sabiduría y permitió que su mujer fuese coautora de la parte narrativa, que escribiera sobre los mismos acontecimientos desde otra perspectiva, de forma que los libros incluyeran dos versiones distintas, pero paralelas, de la misma realidad.

Sin embargo, teníamos la mala suerte de que, desde su publicación –1991 y 1997–, nunca existió una edición en castellano, por razones que sería largo de explicar, pero que son prin- cipalmente económicas. Las editoriales que se plantearon emprender la tarea calcularon el número de ejemplares que debían vender para al menos compensar el gasto en traducción, corrección, maquetación e impresión, y se dieron cuenta de que se trataba de una misión imposible. Y por este motivo, hasta hace bien poco, los psiconautas y drogó los hispanohablantes no han tenido más remedio que conformarse con leer la edición original en inglés.

Esperando que el lector permita el autobombo, cuando nos aseguramos de que no había ningún proyecto de traducción en curso, decidimos poner remedio a esta situación imperdonable, conseguimos que la editora de los Shulgin nos cediera en exclusiva los derechos de traducción y publicación, reunimos un equipo de traductores, especialistas en diversas materias (química, losofía, psicología, historia, etc.), y en poco más de un año, después de mucho trabajo y quebraderos de cabeza, logramos publicar PIHKAL y TI- HKAL en castellano (Editorial Manuscritos).

El lector ya puede imaginarse lo que esto supone para el mundo de la psiconáutica y de la cultura en general. Puede llegar a ser una verdadera bomba en la línea de flotación del prohibicionismo, en el ámbito cultural hispanohablante. Sólo el paso del tiempo nos dirá las consecuencias de su traducción a nuestro idioma.

Shulgin: científico y humanista por igual

Para empezar, es innegable que Shulgin fue un científico riguroso, un gran experto en química que dominó como nadie su disciplina, hasta el extremo de que a muchos de sus compañeros les costaba seguir las explicaciones que ofrecía en sus conferencias. Ahora bien, muy pronto fue consciente de que uno de los pilares de la ciencia moderna constituía en realidad un estorbo para la labor que él se había propuesto. Nos referimos al ensayo doble ciego; este procedimiento, que se utiliza en muchas disciplinas para garantizar la ob- jetividad de la investigación, era para nuestro protagonista un estorbo a la hora de inves- tigar y ensayar drogas psiquedélicas. Y así, en lugar de «doble ciego», utilizó los ensayos «doble consciente», con los que es inevitable que intervenga la subjetividad humana en la investigación química.

Yo determino la actividad de las sustancias que invento de la manera más antigua y más validada por la experiencia; establecida y practicada durante miles de años por médicos y chamanes que tuvieron que conocer los efectos de plantas que podían ser útiles para curar. El método es evidente para cualquiera que haya pensado al menos un poco en este asunto. Aunque la mayoría de los compuestos que investigo se materializan en el laboratorio, y yo en contadas ocasiones pruebo las plantas o los hongos que nos ofrece la naturaleza, todavía hay una única manera de hacerlo, un procedimiento que minimiza el riesgo, a la vez que maximiza la calidad de la información obtenida. Yo mismo ingiero el compuesto. Experimento sus efectos físicos en mi propio cuerpo y permanezco atento a cualquier efecto mental que pudiera aparecer.

¿Cómo mide un investigador la intensidad de los efectos de una droga, tal como los percibe él? Lo ideal es que esas evaluaciones fueran objetivas, libres de cualquier opinión o sesgo por parte del observador. Y el sujeto experimental debería ignorar la identidad y el tipo de acción esperada. Sin embargo, en el caso de sustancias como éstas —drogas psicoactivas—, los efectos pueden percibirse solamente dentro del conjunto formado por los órganos sensoriales del sujeto. Sólo de esa forma podemos observar e informar sobre el grado y naturaleza del mecanismo de la droga. Por tanto, el sujeto es el observador, y la objetividad al estilo clásico es imposible en nuestro caso. No puede haber estudios ciegos.

El asunto de los estudios ciegos, especialmente los de doble ciego, no tiene ninguna relevancia y, en mi opinión, rozan la inmoralidad en nuestro ámbito de investigación. Las razones para diseñar un estudio «ciego» consisten en protegerse del posible sesgo subjetivo por parte del sujeto, pero la objetividad no es posible en esta clase de investigación, como explicaré más adelante. El sujeto podría llegar a tener un estado modificado de consciencia, y considero totalmente inadecuada la idea de no advertirle previamente de esta posibilidad.

Dado que al sujeto, en un experimento de este tipo, se le habrá advertido sobre la identidad de la droga y sobre la forma general de acción que puede esperarse a los niveles de dosificación que Ann y yo sabemos que son activos, y puesto que conoce el momento y el lugar del experimento, así como la dosis que va a tomar, yo utilizo la expresión «doble consciente», en lugar de «doble ciego». Esta expresión fue idea original del doctor Gordon Alles, un científico que también exploró el ámbito de los estados modificados de consciencia con drogas recién creadas.

Por otra parte, Shulgin fue un humanista porque fue un verdadero sabio, un amante del conocimiento que en cierto momento decidió abandonar el puesto bien remunerado que tenía en una empresa química para retirarse a investigar por su cuenta en su propio laboratorio, de forma que nada ni nadie le estorbara ni le impidiera hacer lo que desease, sin importarle prescindir de su anterior buen sueldo. Y todo ello en vistas a la mayor ilustración del género humano, sintetizando sustancias sin parar, unas sustancias que nos permitieran conocernos mejor, unas drogas con las que aprender y profundizar en nuestra psique a un coste muy bajo, ya que, aunque siempre existen riesgos, éstos son mínimos y son de índole principalmente psíquica, no siológica.

Con las drogas psiquedélicas, en mi opinión, creo que los leves riesgos que conllevan (alguna experiencia difícil, de vez en cuando, o quizás algún malestar corporal) se ven equilibrados de sobra por la posibilidad de aprender. Y ésa es la razón por la que he decidido elegir este ámbito específico, dentro de la farmacología.

Estoy totalmente convencido de que existe un compendio de información que se ha desarrollado dentro de nosotros, que llega a ser tan extenso como una cantidad consistente en muchos kilómetros de conocimiento intuitivo perfectamente comprimidos dentro del material genético de cada una de nuestras células. Sería algo parecido a una biblioteca que contiene un número prácticamente in nito de libros de referencia, pero sin que conozcamos un modo de acceder a ella. Y al no disponer de ningún procedimiento de entrada, no hay forma de tener ni siquiera una ligera idea inicial sobre la cantidad y la calidad de lo que hay allí dentro. Las drogas psiquedélicas permiten la exploración del mundo interno, así como el surgimiento de ideas que nos informen sobre su naturaleza.

«¿De dónde procede su alma, que es única de su ser?», te preguntas. «¿Y adónde se dirige mi alma, la que me da la esencia a mí? ¿Hay realmente algo ahí fuera, que se mani esta después de la muerte? ¿Hay un propósito subyacente a toda la realidad que percibimos? ¿Existen un orden y una estructura omnipresentes que permiten dar sentido a todo, o tal vez sería consciente de ello si pudiera ver esas entidades ocultas?». Sientes la necesidad de preguntar, de investigar, de utilizar el poco tiempo que tal vez tengas, en vistas a la búsqueda de procedimientos para atar todos los cabos sueltos, para comprender lo que exige ser comprendido.

Ésta es la búsqueda que ha formado parte de la vida humana, desde el primer momento en que tuvo conciencia. El conocimiento de su propia mortalidad –un conocimiento que le hace ser distinto de sus compañeros, los demás animales– es lo que da al ser humano el derecho, el permiso, para explorar la naturaleza de sus propios alma y espíritu, con el objetivo de descubrir todo lo que pueda sobre los componentes de la psique humana.

Desde los primeros tiempos del ser humano sobre la Tierra, hemos buscado y utilizado plantas específicas que han servido para modificar la forma en que interactuamos con el mundo y en que nos comunicamos con los dioses y con nosotros mismos. En cada cultura, ha habido cierto porcentaje de la población –normalmente los chamanes, curanderos, hombres-medicina– que ha utilizado tal o cual planta para conseguir una transformación de su estado de conciencia. Estas personas han utilizado los estados alterados de consciencia a n de mejorar su propia capacidad para diagnosticar y para permitirles recurrir a las energías curativas que intentan encontrar en el mundo de los espíritus. Los líderes de las tribus (las familias de los dirigentes, en civilizaciones posteriores) seguramente utilizaban las plantas psicoactivas para aumentar su capacidad de introspección y la sabiduría necesaria para gobernar, o tal vez simplemente para solicitar la ayuda de los poderes destructivos como aliados en las guerras en las que tendrían que luchar.

El prohibicionismo

Por último, también manifestó su carácter humanista a la hora de decidir su postura ante el prohibicionismo impuesto por las autoridades. Para Shulgin, es cada persona quien debe decidir lo que debe hacer consigo misma, partiendo de que posee la mayor y mejor información posible. La prohibición es un paternalismo que nos impide desarrollarnos como verdaderas personas y que nos trata como a niños a quienes hay que cuidar para que no se hagan daño. Es un conjunto de normas restrictivas que han surgido paradójicamente en el momento histórico de mayor libertad y democracia. Se trata, por tanto, de un fenómeno con el que hay que acabar; para ello debemos poner todo nuestro empeño, y cada uno luchar en su ámbito y con las armas que pueda.

Toda droga, legal o ilegal, proporciona algún tipo de recompensa. Todas las drogas incluyen algún riesgo. Y todas las drogas pueden ser objeto de abuso. En mi opinión, en última instancia, corresponde a cada uno de nosotros sopesar los beneficios, por un lado, y los riesgos, por otro, y decidir qué lado de la balanza pesa más.

Y es precisamente debido a esto por lo que estar bien informado desempeña una función indispensable. Mi filosofía puede resumirse en tan sólo cuatro palabras: «In- fórmate y después elige».

¿Cómo es posible entonces que los líderes de nuestra sociedad hayan decidido emprender el intento de eliminar este método tan importante de aprendizaje y autoconocimiento, este medio que se ha utilizado, respetado y honrado durante miles de años, en todas las culturas humanas de las que conservamos algún dato? ¿Por qué, por ejemplo el peyote, que ha servido durante siglos como procedimiento con el cual una persona podía abrir su alma a una experiencia con su dios, ha sido clasificado por nuestros gobiernos como una sustancia perteneciente a la Lista I, junto con la heroína y el PCP? ¿Es esta forma de condena legal el resultado de la ignorancia, de la presión de las religiones organizadas, o bien un deseo cada vez mayor de obligar a la población a expresar su conformidad con lo establecido?

Poco más queda por decir, aparte de leer las dos obras citadas, para impregnarse bien del espíritu de Sasha. Animamos a todos nuestros lectores a que lo hagan, aprovechando que disponemos de una edición en castellano.

Salud

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Acerca de Revista Ulises

Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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