Drogarse bebiendo pis. J. L. Vila

Droga. Al escuchar esta palabra habrá quien sienta un no: el de «di ”no” a las drogas», también quien piense en la adicción, en el drogadicto o drogodependiente, el yonqui, ese tirado cuya vida ha sido destrozada. Hay marginación social y desprecio en las palabras que describen al enemigo de sí mismo, a quien no ha sido capaz de afrontar la vida sin hacer trampas pero que, precisamente por ello, ha caído en la peor de ellas. Pero no todo es degeneración, estupidez, narcotráfico, enfermedad o devastación cuando se habla de droga. También hay años 60, contracultura, LSD, música, e incluso en épocas más recientes, fiesta nocturna inacabable, MDMA, raves y cocaína. Esta es la cara más lúdica de las drogas, la parte que mola, no la de acabar encerrado en una habitación oscura chutándose.

Está todo eso, pero también Siberia. En ella los koryaks, tipos de una tribu que comían hongos. Intentemos pensar que comían hongos antes de decir que droga. Comían, en concreto, amanita muscaria, uno de los «hongos estrella» de los que más se ha escrito en la literatura drogófila. El caso es que los koryaks bebían pis, se ponían ciegos de orina durante días. ¿Por qué beber tu propio pis, o lo que es más acojonante, también el de otros? Ojo, no solo tu propio pis o el de otras personas: ¿por qué matar un reno, abrirlo en canal, sacarle la vejiga y beberse su orina? ¿Por qué pis de reno siberiano?

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A nosotros, occidentales contemporáneos, nos pilla un poco lejos eso de beber pis, algo que también les sucedía a los europeos que visitaron Siberia hace un par de siglos y se encontraron con cierto ritual. Aquello les daba asco, incluso había alguno, como menciona Peter Furst en su libro Los alucinógenos y la cultura, que para no ofender a los lectores de la época intentaba describir la escena sin entrar en detalles (intentaba decir qué se bebían sin decirlo, censuraba la micción). Para nuestra suerte un tal Langsdorf le echó valor en torno a 1809 y llamó a las cosas por su nombre describiendo la relación del pis y el hongo de la amanita muscaria:

El rasgo más extraño y notable de la amanita muscaria es su efecto en la orina. Los koryaks han sabido desde tiempo inmemorial que la orina de una persona que ha consumido la amanita muscaria tiene un narcótico con poder más fuerte e intoxicante que el de la amanita muscaria misma, y que ese efecto persiste durante un largo rato después de ingerida. Por ejemplo, un hombre puede embriagarse moderadamente con amanita muscaria un día y dormir al siguiente hasta que la intoxicación moderada se desvanezca y él se halle completamente sobrio; pero si este hombre bebe una sola taza de su propia orina, se intoxicará mucho más que el día anterior…

Fly Agaric

Los koryaks descubrieron que los efectos del hongo no solo se mantenían, sino que aumentaban si uno bebía su propia meada al día siguiente. Y la cosa, aún encima, es que el fulano de turno que se bebía su orina se colocaba más, pero también le pasaría lo mismo a cualquiera que la bebiese. No importa que no hubiera tomado amanita anteriormente (o «moscas agáricas», otro nombre del hongo): se colocaría más (¡y gratis!).

Supongamos, por ejemplo, que se necesitaran dos hongos el primer día para una intoxicación ordinaria; entonces la orina sola es suficiente para mantener la intoxicación al día siguiente. En el tercer día la orina aún tiene propiedades narcóticas, y por tanto se bebe un poco de ésta y al mismo tiempo se comen algunas moscas agáricas, aunque sólo sea la mitad de un hongo; esto permite conservar la intoxicación durante una semana o más, sólo con cinco o seis amanita muscaria. Igualmente notable y extraña es la sustancia narcótica extraordinariamente sutil y elusiva de la amanita muscaria, que retiene su efectividad permanentemente y que puede transmitirse a otras personas: el efecto de la orina producida tras la ingestión de un solo hongo puede transmitirse a una segunda
persona, la orina de esta segunda persona afecta a una tercera y, similarmente, sin que los órganos de esta secreción animal lo cambien, el efecto aparece en una cuarta y quinta persona.

El tema se pone serio: los koryaks empiezan a hacer encaje de bolillos para ciegarse. Tú te tomas dos hongos, al día siguiente yo me bebo tu pis, al día siguiente yo me tomo medio hongo y me bebo mi pis, al día siguiente él (que ya se había bebido tu pis el día anterior) se bebe mi pis y se toma medio hongo, y tú te bebes su pis, y ellos se beben tu pis, el mío y el de él tomándose además medio hongo… Y así se tiraban ritualmente colocados una semana entera o más. Langsdorf, que era un adelantado a su tiempo, llegó a especular con que quizá la amanita producía alguna alteración en el sabor de la orina, que a lo mejor ese pis estaba rico, que sabía bien. Tampoco habría que descartar (y esto es mera especulación personal) que se bebiesen alguna vez la orina estando ya inmersos en la experiencia de embriaguez: no hay mejor momento para educar el gusto y perder remilgos. Sea cierto o no, el amigo Lagnsdorf dice que el sabor sería «posiblemente muy agradable» (ahí queda
ese órdago) y que resultaría útil investigar si otras sustancias también podrían transmitir sus efectos a través de la orina (me da que le entró el ansia).

Langsdorf

Pero la cosa va un poco más lejos. El ritual también causó suficiente shock en un tipo llamado Strahlenberg, que aporta su grano de arena a este delirio. Dijo que la gente más pobre de entre los koryaks, aquellos que no podían acceder a los hongos, probablemente se escondían alrededor de las cabañas de los ricos cuando iban a mear y llevaban una taza de madera para recoger su orina y luego bebérsela. La película sería entonces cómo robar el pis de otros para poder colocarse, algo que tiene doble sorna si tenemos en cuenta que los europeos se empeñaban en llevar vodka a Siberia cuando los koryaks se lo pasaban en grande con su amanita y su orina.

Un poco más lejos: los renos también estaban viciados a la amanita, tanto como para no querer solo el hongo que buscaban por el suelo, sino también el pis (!). Los aldeanos de allí se tiraban una semana ciegos orinando en cuencos y bebiéndose unos el pis de otros, pero además acababan siendo perseguidos por renos atentísimos a cuando la gente iba a mear para embestirlos y ver lo que pillaban: «los hombres que orinaban en lo abierto corrían el verdadero riesgo de ser arrollados por un reno, que tienen un agudo sentido del olfato, ¡y corren a todo galope, y por todos lados, hacia el hombre que orina!». Los renos perseguían a los koryaks, pero ellos supieron utilizar esto para vengarse con inusitada creatividad droguil. Dejaban adrede un cuenco con meada de alguien que había consumido amanita para atraerlos, y luego, cuando el reno estaba ciego, esperaban a que le diera el sueño y cayese al suelo para atarle las patas y matarlo. De lo que sucedia después hay dos
teorías: una (la menos probable), es que los koryaks se comían con la mayor rapidez posible la carne del reno para colocarse con ella; otra, la más verosímil (al parecer uno no se puede colocar comiendo carne de reno), era extraerle la vejiga y (sorpresa) beberse el pis que había dentro.

kamchatka

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¿Qué significa todo esto si dejamos a un lado que no solo a occidentales decadentes, hippies o raveros les gusta «drogarse», sino que también lo disfrutaban aldeanos de tribus siberianas de hace más de doscientos años e incluso los renos? El comportamiento de estos últimos tiene su chicha. Parece que también a ellos les gusta comer algo que no solo los mantiene con vida, sino que les ofrece un punto más. Y esto no solo le pasa a ellos: ratas, arañas, cabras, ovejas, lemures, leopardos, delfines, monos, gatos… Todos se «drogan». No somos los propietarios de lo que muchos creen un vicio producto de la estupidez o la degeneración, la cuestión es un poco más amplia: es muy probable que ese «vicio» forme parte de un legado natural que rebasa el de la evolución de la especie humana y se interna en la interacción química entre animales y plantas en un pasado muy remoto. Hablamos de tener que remontarnos unos (hay que empaparse bien de esta cifra) 200 millones de años para entender la evolución conjunta que se dio entre ellos y explica la existencia, en mamíferos, de los receptores químicos a través de los cuales «nos drogamos». Pero entonces resulta que lo de la «droga» es un asunto mucho más complicado, que ya estaba allí antes de que hubiera seres humanos, que por algún motivo siguió estando allí durante todo el tiempo en el que se germinaba su evolución.

Si pasamos un poco del rollo evolutivo y empalmamos con el cultural las cifras son un poco más modestas. Probablemente el uso de «drogas» no empezase a ser heredado como práctica hasta hace unos 50.000 años (calderilla) y que no se utilizase ritualmente hasta hace unos 10.000. Claro que por aquel entonces nadie escribía nada negativo sobre las drogas porque la palabra «droga» no existía. No, que va, es mentira: lo que no existía era la palabra «palabra», ni ninguna otra palabra, porque no había escritura ni nadie tenía ni puta idea de lo que significaba nada. Pero comer comían, y algunas cosas les gustaban más que otras.

Amanita Gif

Si le hacemos caso a Furst y volvemos a los koryaks la cosa se pone solemne. Según él toda esa orgía de pis obedece a algo simbólico y religioso, a que la ingesta de la amanita y la orina sirviese para «simbolizar la unificación total de los celebrantes entre sí y con el espíritu de poder personificado en el hongo». Esto haría que la tribu se sintiese más unida a base de colocarse y beber meados los unos de los otros. Hay que entrar bien en este pensamiento: intercambiar fluidos une, y más si uno cree que está colocado en nombre de algo sagrado; y más si también cree (como hacen algunos pueblos sudamericanos, no tanto los koryaks), no únicamente que se está colocodado en nombre de Dios, sino que Dios es ese hongo, que Dios es ese estar colocado. Y más aún si uno cree que hace esto uniéndose a los demás en una especie de éxtasis colectivo donde se comparte una parte de sí mismo. Que se «drogasen» poco importaba, no creían que tuviese un valor bajo incluso
cuando unos estaban ingiriendo excrementos de otros. El pis, además, no estaba tan mal visto porque tenía usos médicos, pero también los tenía el hongo: usos, de hecho, más que médicos: médico-sagrados. Hoy quizás podamos reírnos de una medicina y una cultura que utiliza así la orina, pero probablemente en el futuro se reirán, y mucho, de nuestra medicina y nuestra cultura en relación con «las drogas».

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Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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