Woodstock: ¿final de trayecto? (I). Fernando Pardo

Otra nueva crónica desde Isla Tortuga, por Fernando Pardo. Publicada en la Revista Cáñamo número 142. Como siempre, agradecemos a la redacción de Cáñamo el poder publicar estas crónicas en nuestro blog.

Recientemente se ha celebrado el 40 aniversario del Festival de Woodstock. La efeméride se ha visto reflejada en los medios de comunicación de todo el mundo con diversa fortuna, pero en la mayoría de los casos bajo el prisma del periodismo actual de poca sustancia y desinformación, por lo que se han repetido constantemente los mismos clichés y lugares comunes. En el caso de nuestro país ha rozado lo penoso (tanto en medios escritos como en radio y televisión). Tal vez lo más positivo haya sido que en Estados Unidos han aparecido diversos libros interesantes sobre el evento. Algunos con muchas ilustraciones y memoralia y otros que dan una buena información sobre el festival. Según mi opinión los dos mejores son: The Road To Woodstock (from the man behind the legendary festival) de Michael Lang y Holly George-Warren, y Back to the Garden: The Story of Woodstock de Pete Fornatale, con un prólogo entusiasta de Country Joe McDonald. La celebración ha servido también para que finalmente aparecieran todos los archivos sonoros del Festival en un interesante pack que recopila la música en 10 cds, o la serie The Woodstock Experience, que incluye dos cds de los grupos que tocaron en Woodstock, uno oficial de la época y su actuación en directo en el festival, que ha ofrecido entregas muy interesantes como la de Johnny Winter, la de Jefferson Airplane o la de Janis Joplin. También podemos congratularnos por la nueva edición de la película en cuatro dvs con material inédito y el estreno de la divertida cinta de Ang Lee, Taking Woodstock.

Posiblemente uno de los homenajes más cálidos y simpáticos a Woodstock que se ha hecho en nuestro país haya sido el de mi hermano J. en su mítico local La Traviesa de Torredembarra (Tarragona) que en dos largos fines de semana ofreció diversos free concerts (marca de la casa), pasó la película en una pantalla gigante en el jardín de La Traviesa, así como otro material relacionado, y también tuvo la peregrina idea de invitarme a dar una charla sobre que significó Woodstock. Teniendo en cuenta que tras mi conferencia actuaba un grupo que, con mucha gracia y talento, hacía versiones de los Doors, decidí no alargarme mucho. Para mi sorpresa la gente mostró un gran interés y al finalizar muchas personas me confesaron que les hubiera gustado que mi charla hubiera sido más extensa, por lo que he decidido dedicar las líneas que vienen a continuación a retomar el tema de mi charla en La Traviesa con algunas variantes. Sirva también como homenaje a J. y a La Traviesa, que contra viento y marea lleva más de treinta años haciendo conciertos gratuitos. Es paradójico que un local que presenta cada semana música en directo (de forma totalmente gratuita) en lugar de estar subvencionado, por su labor cultural, por el ayuntamiento, la SGAE etc, tenga que luchar continuamente con temas de permisos, horarios etc. Pero J., en el espíritu de Woodstock (o mejor sería decir pre-Woodstock) sigue tozudamente en la brecha. Como también lo ha hecho en su faceta de ecologista militante, presente en todas las batallas para preservar el litoral etc. y cuya generosidad y mentalidad abierta han sido imprescindibles para que en Torredembarra haya uno de los mejores Centros Zen del país. ¡Un abrazo brother!

 Si bien hay varios caminos que conducen a Woodstock, me gustaría homenajear a las personas que creo fueron la verdadera semilla del festival: Chet Helms y la Family Dog. Chet Helms fue un hombre que mantuvo el espíritu altruista, anarquista y libre, que, para entendernos, llamaremos hippie, hasta su muerte en el año 2005, dejando pasar muchas oportunidades de enriquecerse para vivir tranquilo y en paz con su maravillosa consciencia. Chet Helms y la Family Dog empezaron a hacer conciertos en el año 1962, primero en unos bajos de Page Street, en el Haight-Ashbury, posteriormente en el Longshoreman’s Hall y finalmente en el Avalon Ballroom. Más que de conciertos podemos hablar de jams improvisadas con los mejores músicos de San Francisco. Fue Helms quien dio a conocer, entre otros, a su paisana tejana Janis Joplin. Mientras, en paralelo, se iban celebrando los legendarios Acid test de Ken Kesey, con los Grateful Dead, más o menos en la misma onda.

Aquí entra en escena Bill Graham, un huérfano judío -su familia fue gaseada en los campos de exterminio nazis- que tras muchas vicisitudes logró llegar a Estados Unidos, donde fue adoptado por una familia americana (para más detalles de su vida recomiendo la magnífica biografía de Robert Greenfield, junto a Bill: Bill Graham Presents: My Life Inside Rock and Out). Bill Graham ha sido un personaje algo denostado, pues comercializó el gozoso movimiento, bastante anárquico y libre, puesto en marcha por la Family Dog. Aunque visto lo que ha venido después hemos de reconocer que fue un hombre en ocasiones bastante generoso y que cuidaba en el Fillmore hasta el mínimo detalle (luces, sonido, etc) para ofrecer unos magníficos conciertos que hicieron época. Reconozcamos también que mimó mucho las giras de los Grateful Dead en sus inicios y organizó, entre otras cosas de interés, la gran despedida de The Band (The last Walz).

Bill contactó en California con la San Francisco Mime Troupe. Cuando el líder de este grupo de teatro radical, Ronny Davis, fue encarcelado, acusado de obscenidad en una actuación en un parque, Bill Graham organizó un concierto para recaudar fondos con el propósito de conseguir su liberación. El éxito le llevó a dedicarse de pleno a organizar conciertos y a abrir finalmente el Fillmore West, en San Francisco, y posteriormente el Fillmore East en Nueva York. En ambos lugares se hicieron actuaciones míticas con unos carteles a veces muy eclécticos que mezclaban grandes del jazz con nuevas figuras del rock psiquedélico (J. tiene decorada La Traviesa con carteles del Fillmore, muchos de ellos auténticas obras de arte).

Fue a partir de estos movimientos cuando se pensó en un gran festival al aire libre. Hasta la fecha se habían hecho algunos festivales de folk y jazz, como el Newport Folk Festival o su versión jazz (más antigua), así como el Monterey Jazz Festival. La idea surgió de los Mamas & Papas y su manager, junto a gente como Paul Simon. Al principio costó convencer a algunos grupos a los que preocupaba el lado comercial del evento, como los Dead. Finalmente en Junio de 1967 se hizo un festival de tres días: el Monterey International Pop Festival, con un magnífico cartel que incluía a muchos de los que después tocarían en Woodstock como Jimi Hendrix, Janis Joplin, The Who, Grateful Dead, Jefferson Airplane etc. La recaudación se dedicó a diversas causas y curiosamente el equipo de sonido fue “requisado” durante unos días por una suerte de Robin Hoods hippies para hacer free concerts en la calles de San Francisco (en los que participaron los Dead y Hendrix entre otros) y posteriormente devuelto.

Por lo tanto cuando Michael Lang consideró la idea del Festival de Woodstock tenía estos precedentes en mente. Michael Lang era un joven hippie de Nueva York que acabó abriendo una especie de GrowShop en Miami, en cuya trastienda montaba algunos eventos underground. Finalmente se animó a organizar el Miami Pop Festival, en el que Hendrix tuvo una excelente actuación, de las mejores que se le recuerdan, pero que debido a la lluvia y a otros problemas, económicamente fue un fiasco. Al estar su tienda constantemente acosada por la policía, decidió regresar a Nueva York. Su primera idea fue la de poner en marcha un estudio de grabación en Woodstock, donde empezaba a instalarse una importante colonia de músicos: entre ellos, Bob Dylan, The Band, Van Morrison y John Sebastian. Lang se puso en contacto con unos inversores y les propuso financiar el estudio de grabación y, de pasada, mencionó la idea de hacer un festival de música en el área de Woodstock, con la posibilidad de que asistieran unas 10.000 personas. A los inversores, que ya estaban montando un estudio de grabación en Nueva York, les atrajo más la segunda idea.

Finalmente, tras decidirse por el festival empezaron a buscar un lugar y a contratar a los primeros grupos. Desde un primer momento se vieron claras dos líneas: la de los inversores que pretendían un rendimiento económico y dejaban en manos de Michael Lang la organización y logística del evento, y por otro lado el aspecto comunitario y social del acontecimiento. Michael tenía claro que debía moverse en dos planos: por una parte tenía que satisfacer a los que ponían el dinero y por otra era consciente de que un festival de esta naturaleza debía tener en cuenta al underground contracultural, pues aunque ahora nos pueda parecer extraño, por el modo en que ha “evolucionado” la sociedad, en aquella época no había una clara frontera entre promotores, “público” y músicos. Todos estaban en un mismo barco y en definitiva todas eran personas luchando por un futuro mejor en el marco de una vida distinta y enfrentadas a la Guerra del Vietnam. Los músicos participaban de este movimiento contracultural haciendo, entre otras acciones, muchos conciertos gratuitos para apoyar diversas causas. Por ejemplo, Jimi Hendrix puso el dinero para un envío masivo de porros de maría que organizó Abbie Hoffmann (del que hablaremos más adelante en relación a Woodstock) el Día de San Valentin, en 1967, a 3000 personas escogidas al azar de Nueva York, con una carta explicando que tal vez habían oído hablar de la marihuana y era el momento de probarla, pero que se exponían a cinco años de cárcel. Tampoco olvidemos que en estos tiempos hasta Paul McCartney colaboraba con la financiación del IT (International Times), el periódico underground londinense. En el contexto de la época ni un promotor ni un músico, por famosos que fueran, eran más que cualquier persona y se establecían unos interesantes vasos comunicantes entre unos y otros, algo que no tiene nada que ver con el panorama actual (como muestra del ambiente general recordemos que en 1968, el musicalmente sofisticado Cheap Thrills de Janis Joplin y los Big Brothers and the Holding Company fue número uno de las listas de ventas durante ocho semanas, algo que sería absolutamente impensable en la actualidad).

Por lo tanto Michael Lang no podía simplemente dedicarse a contratar a unos músicos, vallar un espacio y poner en venta unas entradas, como haría en la actualidad cualquier promotor. Para que la gente acudiese al Festival había que ofrecer algo más. No se podía engañar; para que el festival fuera un éxito había que respetar sinceramente a todas las partes. Michael Lang se debatió en busca de un compromiso decente. No podía hacer lo de Chet Helms y la Family Dog, o los Diggers, que acababa siempre siendo gratuito o simplemente se autofinanciaba sin dejar beneficios, pero tenía que tener en cuenta a todas las partes con la esperanza de organizar algo más que un festival de música e intentar demostrar a toda América, y al mundo en general, el poderío de la contracultura, así como hacer patente su protesta frente al sistema. Un equilibrio, como podemos apreciar, muy delicado. Para que comprendamos de que estamos hablando, y como muestra de la paradoja que intentamos explicar, cuando se montaba el festival, las vallas que construía un grupo de personas por la mañana eran desmanteladas por otro por la noche.

En la próxima entrega nos meteremos de pleno en el festival de Woodstock. Hablaremos de la Woodstock Nation de Abbie Hoffmann, de como los Panteras Negras consiguieron una imprenta gracias al festival y de cómo Bill Graham estuvo a punto de impedir que se celebrara Woodstock y comentaremos el acierto de llevar a los miembros de la comuna Hog Farm, que tuvieron un importante papel a la hora de que el festival de Woodstock, pese a reunir a medio millón de personas, fuera un evento pacífico. Clarificaremos el incidente entre Pete Townshend y Abbie Hoffmann y veremos entre otras cosas, como Martin Scorsese se inició en el cine colaborando en la mítica película del Festival y explicaremos también como Jimi Hendrix psiquedelizó el himno americano poniéndole la piel de gallina a las 40.000 personas que quedaban cuando subió al escenario…

 

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