El espejismo de la psiquiatría

Otra nueva crónica desde Isla Tortuga, por Fernando Pardo. Publicada en la Revista Cáñamo número 141. Como siempre, agradecemos a la redacción de Cáñamo el poder publicar estas crónicas en nuestro blog.

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Da la sensación que la psiquiatría ha entrado en una Edad de Oro. Gracias a los nuevos avances en el estudio genético de las enfermedades mentales, la farmacología y las neurociencias, con sus prodigiosas máquinas de imaginería cerebral, parece que no va a quedar recodo alguno del cerebro sin explorar y que los psiquiatras podrán curar todos los trastornos mentales y hasta anticiparlos. Por otro lado si observamos las estratosféricas ventas de los fármacos asociados con la psiquiatría, lo de Edad de Oro es más que una metáfora.Sin embargo en estos momentos de euforia de los psiquiatras, que casi parece provocada por alguno de sus fármacos, en que parecía que la psiquiatría había dejado de ser un pariente pobre de la medicina y había abandonado sus curas de corte medieval como la lobotomía o el shock insulínico, existe un movimiento a nivel mundial, aunque más extendido en el mundo anglosajón, que pone todo lo anterior en entredicho y que confirma, con datos fidedignos, que si nos vemos aquejados de una enfermedad mental tenemos más posibilidades de salir adelante en el tercer mundo que en los países industrializados.

En realidad este movimiento, que echa un jarro de agua fría sobre el entusiasmo de la psiquiatría biológica, viene de lejos y se remonta a la antipsiquiatría de los años sesenta. Uno de sus principales representantes es el incombustible Thomas Szasz, que con su seminal libro, El Mito de la Enfermedad Mental, marcó época y que, a sus cerca de noventa años, sigue en la brecha y está apunto de publicar Coercion as a Cure: A Critical History of Psychiatry. Tras las huellas de Szasz, otros han seguido su estela como Peter Breggin, que ha puesto al día su Toxic Psychiatry y ha publicado recientemente Medication Madness. En la misma línea estaría el excelente Blaming the Brain, del neurocientífico Elliot Valenstein o los libros de David Healy, psiquiatra e historiador de la psicofarmacología y otros muchos más que no voy a citar para no agobiar al lector con referencias bibliográficas. Aunque si me gustaría mencionar una valiente aportación de dos especialistas de nuestro país: La invención de los trastornos mentales de Héctor González Pardo y Marino Pérez Álvarez.

El doctor González, a raíz de la publicación del libro fue entrevistado en la Contra de la Vanguardia. A dicha entrevista siguieron una serie de cartas al Director, indignadas ante sus puntos de vista, a cargo de varios psiquiatras y psicólogos. Intenté mediar en la polémica con una carta en defensa de ambos doctores, pero no se me publicó. Posteriormente pude ponerme en contacto con el doctor Héctor González Pardo, enviándole copia de mi carta, y me respondió que ya estaba acostumbrado a estas reacciones histéricas.

Sin embargo, según mi opinión, quien ha sido más ponderado y preciso en este tema es el psicólogo clínico Richard Bentall, profesor de las Universidades de Liverpool y Manchester, que publicó hace unos años el monumental Madness Explained, una obra de gran calado y muy documentada sobre este particular en la que desmontaba todos los mitos de la psiquiatría como ciencia exacta y de sus pretendidos éxitos terapéuticos, incluyendo los farmacológicos. Tal vez consciente de que esta obra era algo compleja para el profano, sin prescindir del rigor, acaba de publicar un libro más asequible: Doctoring The Mind, subtitulado: porqué fallan los tratamientos psiquiátricos. Que constituye una magnifica puesta al día de estas cuestiones.

El tono de Richard Bentall es menos virulento que el de otros de los autores citados, pues intenta llegar a un espacio de objetividad que pueda ser realmente útil a quienes sufren y a los que, si la cuestión se plantea de una forma menos triunfalista y fantasiosa, pueden ayudar, en un primer momento, y a dosis moderadas, los fármacos o los estudios genéticos.

Bentall considera que se puede ser un antipsiquatra racional y que la psiquiatría convencional puede ser razonablemente criticada no solo bajo perspectivas humanistas, sino porque ha sido profundamente anticientífica y a la vez no ha obtenido los éxitos que pretende a la hora de ayudar a la gente más vulnerable de nuestra sociedad aquejada de problemas mentales. El autor nos recuerda que la mayoría de los tratamientos psiquiátricos convencionales no son tan eficaces como se cree y que sus efectos han sido sobrevalorados por el efectivo marketing de la industria farmacéutica.

Se considera que unos 200 millones de individuos pueden sufrir de psicosis en algún momento de sus vidas. Lo que es mucha gente. Esta especie de epidemia de trastornos psiquiátricos demuestra, según algunos autores, que los tratamientos modernos empeoran más a los pacientes que sino se hiciera nada al respecto y demuestra que los avances en psiquiatría no han supuesto mejora alguna en la salud mental de los países industrializados. Detallados estudios epidemiológicos han demostrado que los pacientes de los países subdesarrollados tienen muchas más posibilidades de recuperarse de las enfermedades mentales graves que los pacientes de los países ricos, con un mayor acceso a psiquiatras, fármacos y psicólogos clínicos. La evidencia del impacto global de la psiquiatría médica nos lleva a unas conclusiones sorprendentes. Más de un siglo de avances en el tratamiento de los trastornos mentales no se ha visto acompañado de una mejora de los pacientes y se comprueba que el hecho de reducir la exposición a la psiquiatría biológica no produce daño a los pacientes e incluso se ha podido constatar que les produce un bien.

Pese a su pretendida modernidad, la psiquiatría actual se sigue rigiendo por diagnósticos victorianos (y no hace tantos años el diario Guardian recordaba, escandalizado, que en los hospitales psiquiátricos ingleses aún había mujeres mayores que habían sido internadas en su juventud por haber tenido hijos ilegítimos). No ha pasado tanto tiempo desde la época en que la psiquiatría a veces tenía más que ver con el control y la regulación de los comportamientos que con la sanación.

Si examinamos el caso de la esquizofrenia veremos que ni la evidencia genética ni las neurociencias apoyan el concepto psiquiátrico de esquizofrenia tal como se suele entender. Las primeras investigaciones diseñadas para demostrar que los trastornos psiquiátricos eran hereditarios las hizo Ernst Rüdin que sirvió junto a Heinrich Himmler en el comité que llevó a la esterilización de los pacientes psiquiátricos en la Alemania Nazi. Hay que recordar que las primeras cámaras de gas se construyeron antes en los hospitales psiquiátricos que en los campos de concentración. En realidad la mayoría de las presunciones sobre los orígenes de la psicosis sostenidas en la época Nazi se han mantenido hasta la actualidad.

En el caso de los estudios genéticos es notorio que descubrir las influencias de los genes es muy difícil si se tienen en cuenta los efectos del entorno. Por ejemplo, si un trastorno es fruto del mal trato paterno, un hermano y una hermana pueden tener ambos el trastorno, no porque hayan heredado un gen específico, sino porque han sido maltratados por el mismo padre. Un estudio epidemiológico llevado acabo en Gran Bretaña ha llegado a la conclusión de que la tasa de psicosis en adultos que han sufrido abusos sexuales de niños es quince veces superior a la que debería esperarse, un efecto mucho más fuerte que la influencia de ningún gen descubierto hasta la fecha. La genética tampoco tiene una explicación clara para el conocido hecho de que las personas que viven en las zonas más pobladas de las ciudades tienen más posibilidades de sufrir psicosis que aquellos que viven en el ámbito rural o en zonas de la ciudad menos hacinadas.

Por lo tanto existen fuertes evidencias de que muchos factores ambientales contribuyen a la psicosis. Se considera que si se dice que las enfermedades psiquiátricas son de origen genético o se deben a fallos cerebrales en la neurotransmisión, la gente es más tolerante con los enfermos mentales. Pero la investigación llevada a cabo en muchos países ha demostrado que estos esfuerzos son contraproducentes. Las personas corrientes consideran más cercana la versión de que los problemas mentales son psicológicos que si se les dice que son biológicos. No es difícil de entender. Si se afirma que el extraño comportamiento de una persona es debido a su biología, ello implica que será siempre así. La mayoría de las personas prefieren vivir cerca de alguien cuyos actos imprevisibles son consecuencia del estrés y del trauma, que tener por vecino a alguien cuyo comportamiento peligroso es consecuencia de una lesión cerebral posiblemente inamovible. Por otro lado el psicólogo John Read señaló hace tiempo la posibilidad de que ciertas anomalías apreciadas en los cerebros de los psicóticos pudieran ser un efecto del estrés ambiental. Hipótesis que podría comprobarse fácilmente, comparando los cerebros de pacientes psicóticos que han experimentado traumas y los que no, con los de personas no psicóticas que han sufrido traumas, pero que ningún psicólogo de corte biológico se ha tomado la molestia en tener en cuenta.

Pero entremos en la madre del cordero: la industria farmacéutica. El éxito de la industria farmacéutica en este campo es apabullante. Mientras que para otras industrias los beneficios suelen rondar el 3.3 % las compañías farmacéuticas obtienen beneficios que superan el 18.5%, a los que ni siquiera se acercan los bancos con un 13.5%. Ya en el año 2000, los beneficios combinados de las diez compañías farmacéuticas que aparecían en la revista Fortune, en la lista de las 500 empresas con mayores beneficios, superaban las ganancias de las otras 490 compañías juntas.

No debe sorprendernos que algunos psiquiatras hayan empezado a protestar por el modo en que la profesión ha sido corrompida por las compañías farmacéuticas. En un prefacio al opúsculo titulado ¿La psiquiatría en venta? de la reconocida doctora Joanna Moncrieff, Fuller Torrey afirma:

“La respuesta es un sí rotundo en los Estados Unidos. El comprador han sido las grandes compañías farmacéuticas. El precio no se ha sabido, pero parece haber sido una ganga… Pero no culpemos a las compañías farmacéuticas, solo hacen lo que se supone deben hacer las compañía en un mercado libre y capitalista. Venden sus productos lo mejor que saben y pueden. La culpa es de los psiquiatras que participan vergonzosamente de ello.”

En realidad la eficacia de los tratamientos farmacológicos ha sido exagerada por la increíble y cínica manipulación que han hecho las compañías farmacéuticas de los datos de los ensayos clínicos.

Los errores de la psiquiatría son fruto de una errónea visión sobre los trastornos mentales. Reflejan una miopía intelectual, que ha cegado a los profesionales ante el hecho de que las aflicciones psíquicas de los seres humanos suele ser el producto de malas relaciones con otros seres humanos. Son la consecuencia de ignorar lo que es evidente a la gente más sencilla, y que no está comprada, que el amor y el cariño son imprescindibles para la sanación psicológica.

Tras este negro panorama ¿qué nos queda? Considero que se debería profundizar en otros espacios, algo que están haciendo algunos psicólogos y psiquiatras vanguardistas, como el introducir la meditación en la terapia o prestar mucha atención al nuevo y necesario revival de las terapias con sustancias psiquedélicas que estoy convencido tienen mucho que aportar. Pero de todo ello hablaremos en próximas entregas.

 

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Acerca de Revista Ulises

Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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Una respuesta a El espejismo de la psiquiatría

  1. Impresionante, para leerlo con mucho detenimiento. Platon diria Bueno Bello y Verdadero. Saludos de Co(razón).

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