Electroeleusis y Tecnoicaros ( y III). The music never stopped.

Otra nueva crónica desde Isla Tortuga, por Fernando Pardo. Publicada en la Revista Cáñamo número 140. Como siempre, agradecemos a la redacción de Cáñamo el poder publicar estas crónicas en nuestro blog.

Antes de dar unas pocas pinceladas sobre el patrimonio musical de los Dead vamos a hablar brevemente sobre la música en general.

La música ha acompañado al homo sapiens (y a otros animales) desde tiempo inmemorial. Filósofos como Platón y Nietzsche, entre otros, han reflexionado y escrito sobre este extraño universo sonoro. El mismo Darwin se entretuvo algo con este enigma. A Darwin le costaba entender que la música hubiera persistido sin tener, al parecer, ningún valor de supervivencia. No casaba con su teoría de la selección natural, pero sí encajaba con su menos conocida teoría de la selección sexual. Darwin se percató de que algunas aves utilizaban sus cantos para atraer a sus parejas y aparearse. Comprendió que se trataba de una suerte de exhibición; de una especie de escaparate de los genes.

Según la teoría de la selección sexual, la hembra es siempre la que elige y para conseguir su trofeo el macho debe mostrar de alguna forma que sus genes son óptimos. Darwin trasladó esto a los humanos. El músico demostraba su coordinación psicomotora, algo difícil de falsear, o su capacidad de crear sofisticadas líricas haciendo intervenir a todo su cerebro, en el que participan la mayoría de los genes, demostrando así que tenía un patrimonio genético adecuado para la supervivencia. Es precisamente esta hipótesis de la señal honesta la que han desarrollado los psicólogos evolucionistas. Cuando alguien nos dice que nos ama, puede que tengamos nuestras dudas. Cuando nos lo canta, todas nuestras dudas desaparecen. La relación que tenemos con la música se debe a que aquellos de nuestros antepasados que disfrutaron con la música fueron los que tuvieron éxito a la hora de transmitir sus genes.

Actualmente algunos neurocientíficos están explorando en profundidad estos temas. Recomiendo sobre la cuestión dos libros de Daniel J. Levitin, This is Your Brain in Music y The World in Six Songs. Levitin dirige el laboratorio para la percepción y cognición musical de la universidad McGill, en Canadá, y antes de convertirse en neurocientífico, y en un reconocido investigador de estas cuestiones, fue músico y productor profesional (ha producido a Stevie Wonder, Midnight Oil y K.D. Lang y tocó con David Byrne, entre otros). También recomiendo la última obra del neurólogo Oliver Sacks, Musicofilia, que explora con detalle la relación de la música con la mente. Precisamente Oliver Sacks tiene un magnifico texto, en un libro anterior, Un antropólogo en Marte, titulado El último hippie, en el que describe a un joven aquejado de un tumor cerebral que está confinado en una silla de ruedas y cuya memoria ha quedado atrapada en los años sesenta, a partir de los cuales no ha podido crear nuevos recuerdos (para él Jimi Hendrix y Janis Joplin siguen vivos). Sacks observa impotente cómo esta persona se va deteriorando y convirtiendo en un vegetal, hasta que descubre que la música de los Grateful Dead le hace prácticamente resucitar. Es impagable el fragmento en el que Sacks lo lleva en su silla de ruedas a ver a los Grateful Dead en el Madison Square Garden gracias a la colaboración de Mickey Hart, batería del grupo, y esta persona literalmente revive y se pone a cantar y a bailar, lleno de gozo, los temas de los Dead. Difícilmente cabe un mayor homenaje a unos músicos y a una música.

Otra teoría sobre la música, muy poco explorada por sus connotaciones espirituales, y no muy bien vista por los científicos más materialistas, es la de la música como vía a la no-dualidad, relacionada con la teoría del yo como ilusión, que tiene correspondencias con la filosofía budista de la falta de identidad. La no-identidad constituye el espacio en el que, desde la consciencia pura del instante, la vida fluye de una forma inconsciente y natural. En los mejores momentos –de creatividad, éxtasis o gozo– se produce un abandono completo de la identidad. Cuando estamos plenamente presentes, paradójicamente, el yo desaparece. La música es el vehículo idóneo para estos mágicos instantes. Para otras personas lo son los psiquedélicos, o la insuperable combinación de música y psiquedélicos.

Esta es la forma en que, sin grandes reflexiones conscientes ni premeditación, los Dead utilizan la música. Con sus temas crean una tensión, y una reacción a dicha tensión, a partir de la cual intuimos la predicción de por dónde va a ir la música que nos mantiene en vilo hasta que nos abandonamos totalmente a lo desconocido. Es esta combinación de ritmos predecibles e impredecibles la que, cuando nos alejamos de la mente condicionada y de los caminos trillados de la música de los 40 Prescindibles, nos lleva finalmente al espacio de la no-dualidad.

Los neurocientíficos han descubierto que cuando el ritmo es predecible, los circuitos neuronales de los ganglios basales (los circuitos rituales de los hábitos y los circuitos motores), así como las regiones del cerebelo que comunican con los ganglios basales, pueden verse afectados por la música haciendo que las neuronas se disparen sincrónicamente con el ritmo. Lo que produce cambios en las ondas cerebrales, haciendo más fácil la entrada en un estado modificado de consciencia, en ocasiones situado entre el sueño y la vigilia, y no muy distinto del estado de concentración que producen algunas sustancias psicoactivas; algo que suele acompañarse de relajación muscular y una pérdida de consciencia en relación al tiempo y al espacio. Hay otros muchos investigadores que están estudiando el poder de la música para cambiar nuestros estados mentales.

Pero dejemos por el momento la música en general y entremos ya de pleno en el canon sonoro de los Dead. Observaremos que su paleta musical es muy amplia. Hay mucho donde elegir. Algunos prefieren sus largas improvisaciones eléctricas, mientras que otros saben apreciar sus periodos más country, relajados y armoniosos, representados, por ejemplo, por dos joyas como Workingman’s Dead y American Beauty, acompañadas de la suprema guinda que suponen las magnificas letras de Robert Hunter. En realidad es difícil aconsejar por donde empezar. Una buena manera sería hacerse con las dos grandes recopilaciones de música de los Dead: The Golden Road (1965-1973) y Beyond Description (1973-1989). Ambas antologías, de doce CDs cada una, no solo recogen los discos originales de la carrera “oficial” de los Dead, sino también actuaciones en directo y otras interesantes rarezas de distintos periodos.

Hay quien se inclina por la primera época y considera, por ejemplo, insuperables los 10 Cds de su actuación en el Fillmore West de 1969. Para muchos deadheads su mejor actuación fue la del 8 de mayo de 1977 en la Universidad de Cornell; para mi gusto algo mitificada, aunque reconozca la maravilla del empalme invisible entre Scarlet Begonias y Fire on the Mountain. Si nos acercamos al núcleo de sus actuaciones en directo, presentadas en la maravillosa serie de Dick Picks, aconsejaría el volumen 3, el 4, el 10, el 11, el 12 y el 18 (aún reconociendo que es una selección subjetiva). Para muchos son de gran valor y muy recomendables las grabaciones de sus giras europeas, principalmente la de 1972.

También existen diversas opiniones sobre cuales son las mejores etapas y ciclos. Algunos huyen de los años ochenta, pero al hacerlo se pierden algunos buenos conciertos. Lo mejor es que el aficionado explore el universo musical de los Dead a su aire y no se deje influenciar por las opiniones de los demás (¡incluyendo la mía!). Hay mucho donde elegir y con las nuevas series, como los Road Trips, tenemos música de los Dead para muchos años.

La persona que tome su tiempo para escuchar a los Grateful Dead de distintas épocas acabará comprendiendo la grandeza de su patrimonio musical y de sus magnificas letras y empezará a entender porque son algo más que unos músicos, así como el hecho de que tengan tantos seguidores en una gama tan amplia de edades.

El mes pasado señalábamos, de pasada, que otros grupos de los años sesenta aún en activo, como los Dead, lo hacen con malas artes, como es el caso de los Rolling Stones. Hacía esta precisión para que comprendiéramos la diferencia tanto musical como, por así decirlo, filosófica entre dos clases de bandas.

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Me estoy refiriendo básicamente a que no hemos de olvidar que en algunas de sus últimas giras los Stones tenían como patrocinador a una entidad bancaria especializada en hipotecas basura y otras flatulencias financieras que nos han llevado a la ruina. Da la sensación de que los Rolling Stones no hubieran tenido suficiente con robar la música a los negros (¡para ser políticamente correcto debería haber dicho gente de color!), en lo que, en otro lugar, he denominado un ejemplo descarado de colonialismo espiritual, sino que ahora se alían con quienes les roban sus casas y sus carteras (pues son los más afectados).

Tampoco olvidemos que al acabar su última gira española, con el resultado de la muerte de dos obreros que trabajaban en condiciones impresentables, dieron un concierto privado en Barcelona a los solidarios y altruistas ejecutivos de la banca mundial. Tal vez en el futuro descubran que su nicho está en las despedidas de soltero de dictadores sanguinarios o en las bodas y bautizos de nuevos ricos rusos (genero que ya toca Paul McCartney).

Últimamente he estado cruzando varios correos electrónicos con Andrew Loog Oldham, que fue manager de los Stones en su época dorada y es autor de una excelente autobiografía en dos volúmenes: Stoned: A Memoir of London in the 1960s y 2Stoned. Oldham acabó dándome la razón y reconociendo que tal vez los tiempos de integridad musical hayan desaparecido, y recogió mi guante (o por lo menos me dijo que lo tendría muy en cuenta) de que se uniera a Joe Boyd, autor de otras excelentes memorias: Blancas Bicicletas, y hombre integro donde los haya, para devolver un poco de dignidad al panorama musical. En uno de sus correos Andrew me recordó la anécdota de alguien que dijo a Mike Jagger: “Mike, tienes muchas arrugas”, y Jagger contestó: “Son líneas de la risa”. Y el otro le respondió: “Mike, no hay nada en el mundo que haga tanta gracia”.

Pero dejemos a los Stones con sus chuminadas, y al jeta de Keith Richards con su maletita Vuitton, pues a quienes hemos querido homenajear en esta serie de artículos, –dedicados de todo corazón a mi gran amigo Óscar, deadhead inconmensurable y, lo que es más importante, ser humano excepcional–, es a la integridad de los Dead como músicos y como personas.

No sé si he sido capaz de transmitir algo de está magia, y me contentaría con que alguien empezará a explorar el universo Dead: nadie puede arrebatarnos el instante en que junto a Óscar, Moisés, Alejandro, Rosanna, Anna, Xavier, Enric, Bárbara y un largo etcétera, nos cogemos las manos en una suerte de sardana psiquedélica cuando los Dead encadenan Help on the Way… Slip Knot… Franklin´s Tower y, entrando en the Wheel, descubrimos el infinito en todas direcciones… Paradoja de paradojas, misterio de misterios, koan insoluble… no hay nada mejor que live dead (¡los muertos en vivo!).

¡Larga vida a los Dead (muertos)!

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Acerca de Revista Ulises

Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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