Electroeleusis y tecnoicaros (II). Un largo y extraño viaje

Otra nueva crónica desde Isla Tortuga, por Fernando Pardo. Publicada en la Revista Cáñamo número 139. Como siempre, agradecemos a la redacción de Cáñamo el poder publicar estas crónicas en nuestro blog.

Para comprender el fenómeno de los Grateful Dead debemos remontarnos a sus orígenes. Como grupo se formaron a principios de 1964 con el nombre de The Warlocks, hasta que descubrieron que ya había un grupo que se llamaba así. Existen diversas leyendas sobre como escogieron el nombre de Grateful Dead. Según Phil Lesh en su biografía, Jerry Garcia cogió un viejo tomo del Britannica World Language Dictionary y le apareció, como por arte de magia, Grateful Dead. En otras versiones el nombre lo descubrieron en un diccionario folklórico. Otros mencionan el Libro Tibetano de los Muertos. En una de las biografías de Jerry, Captain Trips, se dice que estaban bajo los efectos del DMT.

En aquella primera época el grupo estaba formado por Jerry Garcia, gran aficionado al folk y al bluegrass que solía grabar, en una primitiva grabadora, a legendarios artistas de estos estilos en distintos tugurios del área de la bahía. Se dice que esto fue lo que le hizo tener un gran respeto por quienes grababan posteriormente los conciertos de los Dead. Los ejecutivos de la casa de discos intentaron convencer a Jerry de que debían prohibirse las grabaciones, pues podían perjudicar las ventas, pero éste se negó. Cuando intentaron otra estrategia, diciendo que los que grababan molestaban al resto del público, su solución fue que se creara un espacio especifico dedicado a los tapers, que acudían gozosos a los conciertos con sofisticados equipos e iniciaron los míticos intercambios de grabaciones con otros Deadheads; una suerte de versión psiquedélica del canje de cromos de jugadores de béisbol. El resto de los miembros iniciales del grupo fueron Phil Lesh, al bajo, con formación clásica como trompetista, que llegó a estudiar con el legendario músico contemporáneo Luciano Berio en el Mill’s College, Bob Weir, el más joven, y también el más roquero, a la guitarra rítmica, Ron “Pigpen” McKernan, a los teclados y armónica, hijo de un Dj aficionado al blues, de cuya colección se empapó y que sería la primera baja de los Dead al morir con 27 años, en 1973, y el batería Bill Kreutzmann. Existe una divertida anécdota de Bill practicando con su batería en el auditorium de la Orme School cuando el director le advirtió que había llegado la persona que iba a dar una conferencia en dicha sala y que tenía que parar y desalojar, pero el conferenciante pidió a Bill que siguiera tocando. Se trataba del gran Aldous Huxley que iba a dar una charla sobre los psiquedélicos y su posible impacto en la sociedad. En 1967 se les unió otro batería Mickey Hart. Este constituiría el núcleo de los Dead, que acogerían en su seno a distintos y estupendos teclistas, en diversas épocas, para sustituir a “Pigpen”.

Un elemento crucial en el trasfondo de los Grateful Dead serían los Acid Test. En el año 1959, el escritor Ken Kesey participó como conejillo de indias en unos experimentos que se llevaron a cabo en el hospital de veteranos de Menlo Park, curiosamente junto al poeta y músico Robert Hunter, que luego sería autor de la mayoría de las letras de los Dead y colaboraría en muchas ocasiones con Bob Dylan. Se trataba de un proyecto financiado en secreto por la CIA, que en busca de la droga de la verdad, sin pretenderlo, y saliéndole el tiro por la culata, pondría en marcha la contracultura más radical de los últimos tiempos. En dicho proyecto, conocido como MKULTRA, se daba a los voluntarios LSD, psilocibina, DMT, mescalina etc. Basándose en sus experiencias Ken Kesey escribiría una de las mejores novelas americanas del siglo XX, Alguien voló sobre el nido del Cuco. Con el dinero que consiguió con los derechos se instaló en la Honda, California. Tras la publicación de su segundo libro, fue invitado a New York y junto con un grupo conocido como los Merry Pranksters (los Alegres Pillastres) y en un autobús escolar pintado con motivos psiquedélicos, conocido como Furthur, a cuyo volante iba el legendario Neal Cassady, protagonista de En el Camino de Jack Kerouac, hicieron el viaje desde California a New York, odisea narrada con talento por Tom Wolfe en su The Electric Kool-Aid Acid Test (Gaseosa de Ácido Eléctrico). A su vuelta se pusieron en marcha los Acid Tests, unos peculiares eventos en los que se reunían unos cientos de personas en una suerte de perfomance mutimedia en la que los Grateful Dead eran la banda de la casa y en las que el refrigerio consistía en un ponche de LSD.

Jerry Garcia no se cansó de decir que aquello no se superó nunca: “Lo bueno de los Acid Test es que podíamos tocar o no tocar. Muchas veces estábamos demasiado colocados para tocar y solo llegábamos a hacerlo un minuto, en otras ocasiones toda la noche. No sentíamos presión alguna, pues la gente no venía a ver a los Grateful Dead, venían al Acid Test. Lo importante era el acontecimiento. No existía la dualidad público-artista. Por lo tanto, cuando tocábamos lo hacíamos con una libertad absoluta, algo muy pocas veces al alcance de un músico. El hecho de improvisar libremente con la música era algo fantástico que nos marcó para siempre y nos convirtió en lo que hoy somos. Nunca lo olvidaré.” En realidad los Grateful Dead siempre fueron una versión contemporánea y ampliada de los Acid Tests.

Alguien que también marcaría profundamente a los Dead, y a Jerry Garcia en particular, fue Neal Cassady. Jerry explica que en una ocasión que iba a toda pastilla en coche por las calles de San Francisco con el legendario y alocado conductor, comprendió que existía alguien que podía vivir en una suerte de presente continuo, estilo zen. Neal Cassady vivía como si cada minuto fuera el último. Parecía seguir la máxima de aquel gran maestro sufí que instaba a sus discípulos mendicantes a que solo debían aceptar comida para un día y nunca acaparar más de esta dosis diaria. Desde ese instante Jerry decidió dedicarse de pleno a la música sin pensar en el futuro. Filosofía que se extendió al resto del grupo y que se trasladaría también a los Deadhead en forma de una negación de los valores tradicionales y la creación de unos nuevos valores y un sentido de comunidad distinto, opuestos a los valores clásicos de la sociedad americana. Todo ello teniendo como banda sonora a los Dead.

Los Grateful Dead con su música se convirtieron en una banda capaz de crear constantemente algo nuevo sobre la marcha. Si simplemente se dedicaran a tocar siempre igual sus temas, se convertirían en esclavos de sus canciones. Por el contrario lo que ofrecen en los conciertos es una experiencia musical orgánica que se desarrolla según su propia lógica y que nunca se sabe a donde llevará. Los temas se alteran de distintas formas según el momento. Los músicos se escuchan unos a otros y se sumergen en una jam improvisada y en ocasiones no recuperan el tema hasta cuarenta minutos después, para alborozo de los Deadhead que suelen lanzar sus sombreros al aire. Algo que como recordábamos se traslada también al exterior del concierto, antes y después, en una suerte de vacaciones de la existencia cotidiana, una celebración de los sentidos y una oportunidad para apreciar la vida aquí y ahora. La audiencia nunca es pasiva. Un concierto es la unión de los Dead y su público. Son como dos piezas de un puzzle que una vez unidas autoborraran sus limites. Como decía Jerry: “Cuando salimos a escena lo que queremos que suceda es que nos transformemos de músicos ordinarios en músicos extraordinarios, como si formáramos parte de una consciencia mayor y la audiencia quiere transformar también su realidad ordinaria, para ser algo más, algo que los lleve más allá de ellos mismos”.

En los mejores conciertos de los Dead, da la sensación de que no son los músicos los que tocan. Ellos mismos se sorprenden cuando oyen las grabaciones tras los conciertos. Como diría un gran Maestro zen de tiro con arco: no he sido yo, Ello ha tirado. Que en este caso podríamos traducir por Ello ha tocado. En su autobiografía Phil Lesh describe la experiencia como “perderse totalmente en el espontáneo fluir de la música, uno de los mayores gozos humanos que se pueden experimentar.”

El grueso de la música popular se contenta con producir un cierto placer, diversión y entretenimiento. Pretende alejarnos de las miserias cotidianas. Los motivos en sí mismos son legítimos, pero son incompatibles con el arte verdadero que hace que no huyamos de estas miserias, sino que nos enfrentemos a ellas y entremos en un espacio superior y de mayor libertad. La verdadera música nos enseña que ello es posible, pero hemos de dejar de ser oyentes pasivos y participar, con el fin de que podamos alcanzar un estado de consciencia libre del espacio y el tiempo. En ocasiones dan ganas de tirar migas de pan psiquedélicas para en un futuro poder regresar a este mágico lugar. O por poner un símil moderno, nos gustaría dar a nuestra mente la orden Añadir a favoritos. No es como lo que sucede con las psicoterapias que prenden que seamos felices en un marco insano y hostil, frente a disciplinas profundas como el Zen o el Dzogchen, que no intentan hacer de nuestra jaula una jaula de oro, sino que nos invitan a atravesar sus ficticios barrotes (no olvidemos que uno de los mejores textos Dzogchen clásicos fue traducido por dos eruditos especialistas en budismo tibetano, y Deadheads, como You are the eyes of the world, en homenaje al tema de los Grateful Dead).

Ken Kesey nos recuerda también que: “los Deadheads buscan la magia. Ese momento en que se produce una apertura en tu mente que deja penetrar la luz y abre todas las posibilidades. Cuando se produce está comunión con la música de los Dead ¡guau!… de golpe nos ponemos en contacto con lo invisible y el infinito.”

Los conciertos de los Dead se convierten en una suerte de zona libre en la que el ego se pone entre paréntesis. Para quienes están bajo los efectos de los psiquedélicos no puede haber un mejor set y setting. No puede existir un espacio más seguro, agradable y amistoso. Es algo comunitario en el más amplio sentido, en el de una colección de seres humanos que comparten algo esencial y decisivo en común. Una comunidad en la que, en este espacio compartido, desaparecen la hostilidad y la agresividad. No nos extrañe el famoso dicho: No hay nada como un concierto de los Grateful Dead, inmortalizado en algunas pegatinas de las furgonetas de los Deadheads.

El fenómeno musical de los Grateful Dead ha resultado ser un experimento con más éxito que las radicales propuestas políticas de la nueva izquierda, al no pretender imponerse sobre la sociedad en su conjunto, sino crear una cultura alternativa, abierta a todo el mundo, de la que ha crecido una mini-sociedad que disfruta y explora la consciencia a su aire. Según mi opinión se trata de la historia más exitosa y festiva de los revolucionarios sesenta. Cada gira de los Dead es un experimento de ingeniería social mezclado con la teoría del caos. Una cultura nómada que ha atraído a quienes consideran que hay distintos modos de vivir y experimentar la realidad. Como solía decir Jerry Garcia: “Nuestra aventura tal vez sea una de las últimas aventuras en América.”

Como dijimos el mes pasado no debemos olvidar que en toda profesión y ocupación siempre encontramos a un Deadhead que roza la excelencia y que los Dead siempre arrimaron el hombro en muchos conciertos gratuitos. Aún se recuerda el mítico Zenefit, junto a los Big Brothers y los Quicksilver, con el fin de recaudar fondos para la compra de Tassajara el centro zen rural del legendario Maestro zen Shunryu Suzuki. En sus divertidas memorias Thank You and OK! A American Zen Failure in Japan, David Chadwick recuerda como además del dinero recogido en el concierto, alguien les pasó lo recaudado tras la venta de trece kilos de marihuana. Se aceptó sin preguntas. ¡Qué tiempos aquellos!

El mes que viene dedicaremos una última entrega a los Dead para hablar más a fondo de la música y su mágico poder, como prometimos, y explicaremos porque otros de los pocos grupos de los sesenta que siguen en la carretera lo hacen con malas artes como los Rolling Stones.

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Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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