Electroeleusis y Tecnoicaros (I)

Otra nueva crónica desde Isla Tortuga, por Fernando Pardo. Publicada en la Revista Cáñamo número 138. Como siempre, agradecemos a la redacción de Cáñamo el poder publicar estas crónicas en nuestro blog.

Una serie de sincronicidades me ha llevado a este texto sobre los Grateful Dead. Por un lado, mi gran amigo Oscar, el mayor deadhead de nuestro país, ha dejado por un tiempo su paraíso de Terrapin y me escribe un correo electrónico desde Hartford, Connecticut, confirmándome que se halla inmerso en la nueva gira de los Grateful Dead y que piensa seguirlos por la Costa Este durante unos diez conciertos. Al día siguiente me llama, por el Skype, desde Brooklyn, para decirme que el concierto del Madison Square Garden ha sido una maravilla. Está eufórico y para consolarme me dice que piensa traerme grabados todos los conciertos. Por otro lado, no ha pasado mucho desde que se publicara el doble CD, más DVD, de los conciertos de los Dead en Egipto, frente la Gran Pirámide, en 1978: Rocking The Cradle (Rhino). Expedición que narró magistralmente Ken Kessey, en la que los Dead se vieron acompañados por toda la “familia” y deadheads ilustres como el jugador de la NBA, Bill Walton. Siempre se comentó que musicalmente había sido un fiasco, por problemas de sonido etc, pero oyendo la grabación de Rhino podemos apreciar que el concierto fue bastante bueno. Todavía está calentita la edición, también en Rhino, de To Terrapin: Hartford 77 (una buena añada) que plasma en tres CDs un magnífico concierto de los Dead, donde se presentó lo que sería su disco Terrapin Station. En paralelo, los Grateful Dead publican su nueva serie Road Trips (han salido ya varios volúmenes) y siguen apareciendo joyas en la magnifica serie de los Dick`s picks y la nueva entrega, que bajo el nombre de Pure Jerry nos regala con montones de conciertos de la Jerry Garcia Band. Un auténtico cuerno de la abundancia de grabaciones de diversos años para deleite de los deadheads. En paralelo a todo esto, últimamente había estado leyendo varios libros que también me habían llevado a los Dead. El primero: Confessions of a Dope Dealer de Sheldon Norberg, es una suerte de ingenua e hilarante autobiografía, que como dice Ralph Metzner: “ofrece una atisbo fascinante sobre la compleja red de ambigüedades e hipocresía que han creado la cultura de la droga en los Estados Unidos”. En la obra seguimos los pasos de un joven que pretende abrirse camino a través del ignorante y simplista mundo del prohibicionismo, intentando comprender las profundas intuiciones que le proporcionan la hierba y los psiquedélicos, principalmente cuando se dedica a seguir a los Grateful Dead y comprende que aunque:… “tal vez estaba muy colocado, en ese contexto me sentía siempre seguro. Todo el mundo estaba feliz de estar ahí, y me preguntaba si no se trataba de una religión secreta”. La segunda obra que quería mencionar es Growing Up Dead: The Hallucinated Confessions of a Teenage Deadhead, de Peter Conners, otro magnífico libro, recién aparecido, de un joven que a los 15 años, en 1985, descubre a los Grateful Dead y los sigue por toda América, entre 1987 y 1995, viajando en una furgoneta con una familia de deadheads, y que describe en toda su complejidad, y con todos sus gozos y sombras, el fenómeno cultural de los Grateful Dead. En paralelo había estado leyendo Ringolevio de Emmet Grogan, uno de los fundadores de los legendarios Diggers. Libro que estaba descatalogado, pero se ha vuelto a editar con un prólogo de Peter Coyote (del que recomiendo sus sinceras memorias como Digger, Sleeping Where I Fall: A Chronicle), en el que narra los últimos días de Emmet Grogan, a cuya muerte Bob Dylan le dedicó uno de sus discos. Ringolevio, es la biografía de un personaje contradictorio, pero muy interesante, que nos describe muy bien el ambiente de Haight-Ashbury de los primeros Grateful Dead y los Acid Test. Como dice Dennis Hopper, se trata del mejor y, según Hopper, el único libro auténtico escrito sobre el underground de la década de los sesenta.

En realidad mientras hacía consultas para este articulo, y escuchaba Operator en la versión de Jorma Kaukonen, en su reciente River of Time, o el disco de Donna Jean & The Tricksters, que de forma inconsciente, a pesar de un leve lumbago, hacía que se me dispararan las caderas, he comprobado que en mi biblioteca tengo una docena de libros sobre los Grateful Dead, la mayoría excelentes como el lujosamente editado The Complete Annotated Grateful Dead Lyrics, con todas sus letras, o las recientes memorias de Phil Lesh, Searching for the Sound: My Life with the Grateful Dead o el irrepetible Living with the Dead: Twenty Years on the Bus with Garcia and the Grateful Dead, de Rock Scully, al que podríamos añadir: Home Before Daylight: My Life on the Road with the Grateful Dead, de Steve Parish, o las biografías de Jerry Garcia: tanto Dark Star: An Oral Biography of Jerry Garcia, de Robert Greenfield o Garcia: An American Life de Blair Jackson… por solo citar unos pocos.

Cuando estaba a punto de iniciar este articulo, le comenté a alguien que pensaba escribir sobre los Dead en Cáñamo y éste me dijo: “¿el grupo ese de los años sesenta?” Este es el error frecuente de aquellos sometidos a la dictadura de los medios de comunicación convencionales, que hacen que la gente no se entere de que los Dead nunca han parado de ir de gira y de llenar todos los locales por los que pasan, con un público de edades que oscilan entre los quince y los setenta años.

Para comprender el monumental fenómeno sociológico sin precedentes que representan los Grateful Dead vamos a hacer unos pocos números. Si sólo consideramos desde el año 1965 al 1995, a la muerte de Jerry Garcia -aunque no olvidemos que los Dead, excepto unos pocos años, nunca han parado de actuar hasta hoy y llegó a crearse la leyenda urbana de que el mercado de LSD había prácticamente desaparecido cuando dejaron de hacer giras- los Dead en el lapso de estos 30 años habrían dado unos tres mil conciertos y, si tenemos en cuenta que los Grateful Dead siempre han grabado todas sus actuaciones y que éstas suelen ocupar, como mínimo, entre tres y cuatro CDs, comprobaremos que en lo que se conoce como The Vault, el patrimonio musical de los Dead, hay la friolera de unos ¡10.000 Cds! Y que los Grateful Dead en este tiempo han sido vistos en directo por prácticamente treinta millones de personas, en muchos casos bajo los efectos de los psiquedélicos, lo que nos lleva a uno de los secretos mejor guardados del siglo XX y XXI: Los Grateful Dead han conformado unos nuevos Misterios de Eleusis que se han estado desplegando ante nuestras narices sin que nadie se diera cuenta. Hasta el gran estudioso de los mitos Joseph Cambell quedó totalmente anonadado cuando lo llevaron a un concierto de los Dead y comprendió que no se trataba de una actuación musical al uso, sino que era una puerta mágica de entrada al terreno de los arquetipos, los símbolos y la sabiduría no conceptual, y que la explosiva combinación de psiquedélicos y música llevaba a una especie de Mysterium Tremendum, una suerte de Jericó orquestado por guitarras psiquedélicas que hacía derrumbar los muros del ego para llevar a un estado más allá de la dualidad en que tu eres la música y la música es tu.

Un especialista en economía, Glenn Rifkin, en varios artículos, y un libro: Radical Marketing, describe su sorpresa al comprobar que los Dead constituyen un auténtico milagro en el mundo del marketing. Utilizando el lenguaje de la economía, alucina que durante más de treinta años hayan tenido una clientela tan fiel, mientras miles de marcas van desapareciendo, llegando a mover más de 100 millones de dólares al año sin hacer prácticamente propaganda y pasando largas temporadas sin editar un disco. Rifkin, solo encuentra una clave: la lealtad a unos principios y el hecho de que la sustancia haya prevalecido sobre la forma. Para los Grateful Dead el mensaje se encarna en un estilo de vida, que los ha llevado desde los Acid Test al Madison Square Garden sin perder ni un ápice de humildad, así como la comunidad que se ha creado alrededor de su deseo de actuar continuamente en vivo, improvisando constantemente, en conciertos que nunca duran menos de tres horas y que, incluyendo el preconcierto y el postconcierto, permiten la experiencia de un viaje con psiquedélicos sin quedar, por así decir, psiquedelicamente hablando, con “el culo al aire” y completar toda la experiencia en el mismo contexto y junto a entendidos (sin duda la consciencia psiquedélica más elevada del planeta). A muchos sorprende que se pueda asistir a unos conciertos en los que se reúnen 30.000 personas, con las que puedes hablar de las mismas cosas y sentirte seguro y en completa comunión, estés o no bajo los efectos de las drogas. Fue la misma sorpresa que tuvieron distintos profesores universitarios que escribieron el volumen: The Grateful Dead and Philosophy. Phil Lesh al comentar el libro reconocía haber descubierto en él significados sobre los que nunca pensó y Bob Weir comentaba que lo suyo era un proceso siempre cambiante sobre el que no solían reflexionar.

Puedo comprender que alguien considere algo exagerado lo expuesto hasta ahora y que pueda pensar que los seguidores de los Dead tal vez padezcan de un cierto peterpanismo, estén colgados de los sesenta, y los psiquedélicos, y sean gente poco madura. Pero vayamos con tiento, no confundamos madurar con pudrirse, que es lo que ha hecho parte de esta generación. Tal vez muchos deadheads sean hedonistas, pero con los tiempos que corren tal vez no anden tan equivocados en su actitud vital. Quizás sean los únicos que sin leer el magnifico Hommo Ludens de Johan Huizinga, hayan llevado el arte del juego a su máxima expresión. El juego es para el hombre mucho más importante de lo que podamos imaginar. Aconsejo la lectura de The Playful Brain: Venturing to the Limits of Neuroscience de Sergio y Vivien Pellis, una estupenda puesta al día sobre los estudios acerca del juego y el hombre en toda su complejidad y diversidad. Por otro lado hay algo que no debemos olvidar: entre los deadheads hay cirujanos, abogados, jueces, jugadores de la NBA, neurocientíficos, magos del sofware, especialistas en genética, directores de cine, escritores, ingenieros, bioquímicos y un largo etc, algunos de ellos reconocidísimos en sus vidas profesionales.

Nadie puede negar los efectos colaterales de este estilo de vida, pero se trata del yin/yang normal de la vida. En la década de los 90 una periodista del New York Times, sorprendida porque los Grateful Dead continuaran teniendo tantos seguidores, de una gama tan amplia de edades, asistió a varios conciertos y entrevistó a diversos deadheads. Un joven le confesó que llevaba años viviendo solo para asistir a las actuaciones de los Dead. Por el camino hacía trabajos eventuales o trapicheaba con psiquedélicos. Al llegar a New York, la periodista tuvo ocasión de hablar con Jerry Garcia y le dijo: “¿Cómo puede ser que un joven solo viva para estar en la carretera siguiendo a los Greteful Dead?” a lo que Garcia contesto: ¡qué se cree que he hecho yo toda mi vida!

Tampoco olvidemos que los Grateful Dead son de los grupos que han dado más conciertos gratuitos en su vida y que han creado fundaciones excelentes como la Unbroken Chain, Seva o la Rex Fundation.

En la próxima entrega ampliaremos los aspectos sociológicos y filosóficos que rodean a los Dead, pero nos concentraremos más en la música y su poder transformador. Hablaremos de sus letras y de como Bob Dylan, en la cúspide de su carrera, según uno de sus biógrafos, estuvo apunto de dejarlo todo para unirse a los Dead, y tal vez lleguemos a comprender la magia de este -como diría el amigo Oscar- “pedo” tan largo y extraño.

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Acerca de Revista Ulises

Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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