Genes 0.1

Otra nueva crónica desde Isla Tortuga, por Fernando Pardo. Publicada en la Revista Cáñamo número 136. Como siempre, agradecemos a la redacción de Cáñamo el poder publicar estas crónicas en nuestro blog.

Este año se cumple el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin y 150 años de la publicación de su obra magna: El origen de las especies. A raíz de ello se han reeditado las principales obras de Darwin y han aparecido una serie de libros que sitúan y celebran sus descubrimientos. Por una vez, en nuestro país hemos estado bastante a la altura de la efeméride, reeditando sus trabajos más conocidos e iniciando la publicación de sus obras completas, un valeroso proyecto de la editorial Laetoli, con la colaboración de la universidad de Navarra, a cargo de Martí Dominguez, iniciada con La fecundación de las orquídeas, al que ha seguido Plantas carnívoras (gore científico de alto nivel) y se espera la publicación de los 17 libros de Darwin, de los que suelen conocerse normalmente cuatro o cinco. Además hemos de felicitarnos de que la Universidad de Valencia haya tenido el acierto de publicar la excelente biografía de Darwin de Janet Browne. Solo he echado a faltar una obra comoFrom So Simple a Beginning: Darwin’s Four Great Books (Voyage of the Beagle, The Origin of Species, The Descent of Man, The Expression of Emotions in Man and Animals) con una introducción de Edward O. Wilson, que recoge las cuatro grandes obras de Darwin, a un precio realmente popular y en una excelente edición. También aconsejaría, para hacerse una documentada idea de Darwin y su legado, el excelente Evolution: The First Four Billion Years, una obra de más de mil páginas a cargo de un ramillete de los mejores especialistas darwinianos, también a un precio francamente muy recomendable, con trabajos que van desde la genética a la evolución humana y con estupendos capítulos dedicados a aspectos históricos y filosóficos de la teoría de la evolución.

Como dijimos en otro artículo, a pesar del triunfo absoluto de la teoría de la evolución entre los científicos serios, y el gran desarrollo que ha tenido desde Darwin, sigue habiendo muchas personas que ponen en entredicho la teoría, por un lado desde la religión y por otro desde posiciones ideológicas realmente impresentables. Curiosamente en el campo de la religión empiezan a oírse muchas voces en defensa de Darwin, incluyendo las de algunos obispos que reconocen que es bastante suicida para su propia religión negar la teoría de la evolución cuya confirmación científica es innegable.

Si examinamos la bibliografía existente sobre la teoría de la evolución, considerando desde los tratados más científicos y técnicos hasta las obras más populares, nos enfrentamos a cientos de libros que abordan a Darwin y su teoría desde múltiples ángulos. Para celebrar este bicentenario, aunque aconsejo iniciar el camino en cualquier punto, y tal vez el modo mejor sea leyendo un clásico como El origen de las especies, escrito en una magnifica prosa, que favoreció mucho el que las ideas de Darwin pudieran llegar a un público amplio, me gustaría recomendar los cuatro últimos libros que he leído sobre el particular: The Making of the Fittest: DNA and he ultimate forensic record of evolution de Sean B. Carroll, Why Evolution Is True de Jerry A. Coyne, Darwinian Detectives: revealing the natural history of genes and genomes de Norman A. Johnson y It Takes a Genome: how a clash between our genes and modern life is making us sick de Greg Gibson.

Los dos primeros presentan de una forma asequible, pero a la vez muy documentada, una clara exposición de la teoría de Darwin puesta al día y nos explican las causas de su triunfo imparable. Ambos son libros inmejorables, al alcance de cualquier persona con una mínima cultura, bien escritos y plagados de interesantísimos ejemplos. De esos libros que se disfrutan a fondo y que logran hacernos comprender muchos aspectos de la biología moderna sin necesidad de tener que hacer grandes esfuerzos, lo que dice mucho del talento de sus autores. Son ejemplos de la mejor divulgación científica de calidad, nos ilustran a fondo y a la vez describen con pasión las investigaciones más vanguardistas en su campo. El libro de Norman A. Johnson, Darwinian Detectives: Revealing the Natural History of Genes and Genomes nos describe, con la misma pericia que los anteriores, lo que actualmente están haciendo los biólogos moleculares y la nueva ciencia de la genómica, algo que nos amplia de forma muy original el libro de Greg Gibson profesor de genética de la Universidad de Carolina y también de la de Queensland, en Australia, y autor de uno de los principales libros de texto sobre el genoma, que nos desvela el enigma de que actualmente nos veamos atacados por una epidemia de diabetes, cánceres de diversos tipos, obesidad, asma, SIDA, depresión y Alzheimer entre otros males.

Estas obras intentan explicarnos la paradoja de que jueces y jurados se basen en las pruebas genéticas y la evidencia que proporciona el ADN -lo que ha liberado del corredor de la muerte a cientos de personas injustamente acusadas- algo que le parece bien al cien por cien de la población, pero luego cuando se hacen encuestas, en ocasiones es más del 50% de las personas las que no creen en la teoría de la evolución.

Es curioso que una idea tan simple que nos dice que la selección natural, mediante el incremento de variaciones, ha forjado la diversidad de la vida, desde sus inicios, a partir de un solo ancestro (idea tan simple que hizo exclamar a Thomas Huxley, tras la lectura de El origen de las especies ¡qué estupidez no haberme dado cuenta antes!) haya creado tanta polémica y lo haya hecho simplemente no a causa de chocar con los hechos, sino con las ideologías de personas, de distinto signo, a las que parece repugnar formar parte del reino animal.

En realidad cualquier persona sin prejuicios, si se le presentan de forma clara los tres componentes clave de la teoría: variación, selección y tiempo, puede comprender la teoría y su gran poder explicativo. Aunque es cierto que Darwin pide a sus lectores que se imaginen el hecho de que ligeras variaciones (cuya base en su época era desconocida e invisible) se seleccionan (mediante un proceso también invisible y no medible) y se acumulan a lo largo de un periodo de tiempo que está más allá de la experiencia humana. Es comprensible que, de entrada, sea algo que cueste un poco de entender, no por su dificultad, sino porque, como toda gran teoría científica, tiene aspectos fuertemente contraintuitivos. Según mi opinión el factor más difícil de conceptualizar es el de tiempo, pues nos estamos refiriendo a millones de años, algo que creemos comprender, cuando en realidad es prácticamente inimaginable hacerse una idea de lo que verdaderamente significan millones de años.

Otro concepto que nos cuesta entender es que la selección natural actúa solo sobre aquello que es útil para el momento y no puede preservar lo que deja de serlo, ni predecir lo que puede ser útil en un futuro. Precisamente el vivir en el momento tiene el peligro de que si las circunstancias cambian aún ritmo más rápido del que surgen las adaptaciones, la poblaciones y las especies están en peligro. Tema en el que incide con maestría Greg Gibson en It Takes a Genome: how a clash between our genes and modern life is making us sick.

En realidad Darwin se fue a la tumba ignorando totalmente los mecanismos de la herencia. Como sabemos fue Gregor Mendel, el monje agustino en su monasterio y con sus guisantes, quien descubrió el mecanismo de la herencia. Curiosamente Mendel tenía noticias de Darwin, pero este último no leyó los trabajos de Mendel publicados en alemán en un revista que se podía encontrar en Inglaterra. Tuvieron que pasar treinta y cuatro años tras su publicación, y dieciséis después de la muerte de Mendel, para que los científicos se dieran cuenta de la importancia de su hallazgo.

Otra idea básica de la teoría de Darwin es que aunque el proceso de mutación es ciego, la selección natural no lo es. Una idea también muy sencilla, pero que ha llevado a muchos malentendidos (como, por ejemplo, el tiempo que tardaría un mono con una maquina de escribir en crear una tragedia de Shakespeare). Puesto que si bien la mutación crea variaciones al azar, la selección separa las ganadoras de las perdedoras. Por lo que hemos de entender que cuando se habla de los más aptos, nos estamos refiriendo a un estatus transitorio y no absoluto.

Volvamos a insistir en que cuando en evolución se habla de un millón de años, estamos hablando de un tiempo jodidamente grande. Por ejemplo, el cerebro de nuestros antepasados dobló su tamaño en ese periodo de tiempo. Un cambio impresionante de gran importancia, pero no olvidemos que en este tiempo se incluyen más de cincuenta mil generaciones. No olvidemos tampoco que el tiempo histórico que conocemos representa, por así decir, un nanosegundo y que virtualmente toda la epopeya de la vida y su diversidad son anteriores a la historia tal como la conocemos.

Otra idea básica a tener en cuenta es que el código genético, con pequeñas excepciones, es el mismo en todas las especies. Esta es la causa de que podamos utilizar bacterias para producir proteínas humanas para uso farmacéutico, como por ejemplo la insulina; y de que tengamos prácticamente los mismos genes que el ratón y menos que una planta como la Arabidopsis thaliana. Curiosamente una delicatessen peligrosa como el pez globo comparte 7350 genes con el gilipollas de gourmet que se la juega cada año en Japón en sus restaurantes de lujo ingiriéndolo, para conseguir un efecto que tendría con sustancias más seguras (¿una tortilla de psylocibes?).

Es una maravilla como los últimos descubrimientos de la biología molecular demuestran que instrumentos genéticos comunes se utilizan para construir diferentes corazones, músculos, sistemas nerviosos y miembros de toda clase de animales.

La teoría de la evolución también nos explica porque hay animales que han pasado de ver en color a ver en blanco y negro o a prácticamente no ver. Simplemente por el cambio de entorno, que hace innecesaria la visión en color. Si nos extraña, recordemos que algo parecido nos ha ocurrido a nosotros con el olfato, precisamente porque hemos elegido preferir la visión en color a los olores para movernos con garbo por nuestro medio ambiente. En la naturaleza parece rezar la máxima: o lo usas o lo pierdes, volviéndonos a recordar que la selección natural solo actúa en el presente y no puede planear el futuro. El problema está en que cuando cambian las circunstancias, las especies que han perdido genes concretos no los tienen a mano para nuevos tiempos. Lo que es un factor importante a la hora de tener éxito o desaparecer. Recordemos que los biólogos creen que más del 99 por ciento de las especies que han existido se han extinguido. ¡Quién dijo crisis!

Lo anterior explica porque el mundo moderno, y su modo de vida, nos ha metido en una espiral de trastornos y es la causa de que más de la mitad de nosotros moriremos de una enfermedad cuyo origen puede buscarse en las susceptibilidades genéticas que nos ponen en peligro en el entorno que nos hemos creado En pocos cientos de años (una minucia en tiempo evolutivo) hemos construido un entorno de comidas rápidas y ricas en azúcar, con un sistema inmunológico poco expuesto, a causa de la (en ocasiones) excesiva higiene y con un cerebro más sometido a la energía electrónica que a la suave caricia de la biosfera. ¿Y luego nos preguntamos la causa de la epidemia de diabetes, asma y depresión que nos aqueja?

No olvidemos que son las combinaciones de varios genes con los factores ambientales las que predicen la enfermedad, pero de una forma epidemiológica, no necesariamente individual. Todos conocemos a crápulas que viven cien años con un puro en una mano y una copa de cognac en la otra y a obsesivos del ejercicio, deportistas, abstemios, siempre a dieta, que la palman jóvenes.

Lo que no quiere decir que los humanos no tengamos un buen diseño, pero no llevamos el suficiente tiempo para permitir que el genoma haya logrado hacer los ajustes finos que nos permitan que no enfermemos. Nos falta aplicar el sutil el tuneado cósmico. Hay que tomárselo con calma. No ducharse tan a menudo con sofisticados jabones de Aloe Vera (sin llegar a la categoría de guarro) y si queremos vivir mucho, comer poco (raciones tipo Ferrán Adríá pero de material de Día). Aunque parezca una paradoja, pronto la epidemia de obesidad reemplazará al problema de la malnutrición en el mundo.

Tampoco pensemos que los genes son malas personas, lo hacen lo mejor que saben y lo mejor que pueden, pero se equivocan por el desequilibrio que representa el entorno que estamos tejiendo.

Por otro lado, tal vez nos hayamos pasado de listos, y el genoma está balbuceando ante nuestra vanidad y arrogancia cultural: internet, la tele, los sofás, la palomitas, el pack de seis cervezas, Operación Triunfo, Mira quién baila, los berridos en el Cam Nou y el FaceBook (¿quizás Assbook?).

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Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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