El Buda cuántico

Otra nueva crónica desde Isla Tortuga, por Fernando Pardo. Publicada en la Revista Cáñamo número 135. Como siempre, agradecemos a la redacción de Cáñamo el poder publicar estas crónicas en nuestro blog.

Se cuenta que, a principios del siglo XX, un maestro zen coreano decidió retirarse a una ermita situada en un remoto lugar de las montañas. Alguna vez al año, uno de sus discípulos le visitaba, le llevaba víveres y le contaba “lo que pasaba en el mundo”. El Maestro solía contestar: “¡Chorradas! Sólo quiero que me cuentes algo cuando sea realmente importante”.

En una ocasión el discípulo llegó excitado a la ermita y gritó: “¡Maestro, Maestro! Ha ocurrido algo importante…, alguien llamado Einstein ha descubierto que la energía y la materia son equivalentes”. “Chorradas”, contestó el Maestro. “¿No has leído el Sutra del Corazón? Forma es vacío, vacío forma. El copyright de esto lo tiene Buda desde hace 2.500 años”.

La relación de la ciencia con el budismo es bastante menos tensa de la que, como vimos, tiene la primera con otras religiones. Tal vez, entre otras cosas, porque muchos científicos no consideran el budismo una religión, tal como solemos entender el concepto de religión en Occidente. En realidad muchos practicantes de budismo tampoco lo consideran una religión. Algunos Maestros zen y dzogchen afirman que el budismo es una vía de liberación, un camino para abandonar la ignorancia fundamental y ver las cosas tal como son, y creen que equipararlo al cristianismo, al judaísmo o al islamismo no es más que otra muestra de lo que, en otro lugar, he denominado colonialismo espiritual.

Como nos recuerda Donald S. López en su magnífico Buddhism & Science: A Guide for the Perplexed, ya en el siglo XIX, si no antes, algunos eruditos occidentales se vieron sorprendidos por las semejanzas de algunos textos budistas con las teorías de la física moderna. Desde entonces han sido muchos los que han escrito sobre dichas similitudes. Si nos referimos a la época actual podemos recordar que no hace mucho tiempo se celebró el 30 aniversario de la publicación de El Tao de la Física, de Frijof Capra, al que siguió Los maestros danzantes de wu li, de Gary Zukav. Ambos libros, si los comparamos con los que aparecieron luego, son bastante dignos. El primero de ellos está escrito por un físico y no comete los típicos errores de los libros de esta clase, normalmente a cargo de autores sin las mínimas nociones de física (¡y normalmente sin tener ni idea de budismo!). Algunos creen que el vacío de la física cuántica y el vacío budista son lo mismo, que es como decir que el culo de un vaso y el de Jennifer López (sin relación con Donald S. López) son iguales porque utilizamos la misma palabra en ambos casos. En otras obras, para transmitir las semejanzas entre la ciencia y el budismo, se ponen en una página una serie de formulas matemáticas y a su lado un texto en tibetano, cuando lo único que tienen en común es que los dos son incomprensibles para el común de los mortales.

En realidad con el fin de poder desentrañar las similitudes que podrían existir entre budismo y ciencia haría falta alguien que fuera a la vez un místico y un científico. Actualmente se acerca bastante a este ideal James Austin con sus libros sobre el zen y el cerebro, y podríamos decir que en la época dorada de la física cuántica se aproximaron, a su manera, Wolfgang Ernst Pauli, que tuvo una curiosa relación con C. G. Jung, de la que tal vez hablemos en otra ocasión, y el gran físico, y uno de los padres de la física cuántica, Erwin  Schrodinger.

En la actualidad el Dalai Lama ha vuelto a poner sobre el tapete el interés que pueden tener las relaciones entre ciencia y budismo desde el Mind & Life Institute, que lleva años reuniendo a científicos y budistas en distintos foros para debatir esta temática. Aunque, como recordábamos, en el año 2005, algunos miembros de la Society for Neuroscience protestaron porque se invitara al Dalai Lama a dar la charla inaugural, también es cierto que la mayoría de firmantes de la protesta eran científicos chinos.

En realidad, el espacio en que pueden ser más fructíferas las relaciones entre ciencia y budismo no es el de las equivalencias inequívocas, sino el de considerar a ambos como dos formas de conocimiento, con sus matices y particularidades, que pretenden explorar la naturaleza de la realidad, así como descubrir la verdadera esencia de la consciencia, algo que, en ambos ámbitos, está totalmente imbricado.

Como hemos señalado, tras el Tao de la Física, no parecía haberse publicado ningún libro importante sobre este particular, pero recientemente ha aparecido una obra notable sobre estas confluencias: Tibetan Buddhism & Modern Physics, de Vic Mansfield, profesor de física y astronomía de la Colgate University, con prólogo del Dalai Lama.

La tesis del libro de Mansfield parte de que la continuidad sin una entidad única, o naturaleza intrínseca, es el núcleo tanto de la física cuántica como del Camino Medio budista: la idea de que la extraordinaria multiplicidad y diversidad que vemos a nuestro alrededor surge de un océano de partículas elementales indistinguibles; entidades que carecen de identidad o naturaleza propia independiente.

Vic Mansfield reconoce que la ciencia se ocupa de la realidad, pero el budismo tiene en cuenta también, a partir de su concepción de la realidad, el aspecto del sufrimiento, que en Occidente sería más propio de la psicología,  y considera que ambos espacios pueden ser compatibles. Del mismo modo que las propiedades de la materia surgen del entrelazamiento cuántico, la bodhichitta budista surge del entrelazamiento humano. La liberación del sufrimiento que propone el budismo consiste en ponerse en el lugar del otro, algo muy sencillo cuando comprendemos que el otro somos nosotros mismos. Si Cristo dijo: “Ama al prójimo como a ti mismo”, el budismo y la física cuántica van más lejos y nos dicen: “Ama al prójimo porque es tu mismo”. El problema reside en que la mente, inconscientemente, cree que los objetos tienen una existencia inherente o independiente, lo que pone en marcha aquello que los budistas denominan la Rueda del Sufrimiento. Tanto para el budismo como para la física cuántica, una cosa independiente y con naturaleza propia nunca ha existido y nunca lo hará. En resumen, el concepto de no-localidad nos invita a revisar totalmente nuestras ideas sobre los fenómenos. Ya no podemos seguir considerando a los objetos unas entidades que existen de forma independiente. Por desgracia, a pesar de las aplicaciones tecnológicas de la no-localidad en la criptografía y en los ordenadores cuánticos, pasará tiempo hasta que estas ideas penetren en la psique colectiva. En cierto modo todavía hay mucha gente que no comprende la revolución copernicana (les parece incomprensible que la tierra gire sobre sí misma y alrededor del sol) por lo que cuesta creer que la gente acabe pronto aceptando las “extrañas” ideas de la física cuántica, de las que Richard Feynman afirmó que si alguien decía que las comprendía, era un mentiroso compulsivo.

Vic Mansfield pone el acento en el hecho  de que la física nos hace entender algo que el budismo lleva diciendo desde hace 2.500 años: que no tenemos una justificación racional para nuestro egoísmo, aunque se trate de una tendencia tan firmemente enraizada que será difícil de eliminar.

Hemos de ser conscientes de que no todos los físicos están de acuerdo en la necesidad de explorar la filosofía, por así decir, que hay tras los fundamentos de la física cuántica. Pero también es cierto que existe, desde los inicios de la mecánica cuántica, una corriente de intrépidos pensadores que han seguido el debate sobre la naturaleza de la realidad y la física cuántica iniciado por Einstein y Bohr.

Uno de los científicos que ha dedicado más esfuerzos a ello, en distintas obras que exponen los aspectos filosóficos que subyacen a la física cuántica, es el físico francés Bernard d’Espagnat, que tras una serie de libros sobre la cuestión, como Un átomo de sabiduría y Lo real velado, ha publicado recientemente la obra definitiva Traité de physique et de philosophie, y un libro más asequible, Candide et le physicien, en el que es entrevistado a fondo por el humanista  Claude Saliceti.

Las reflexiones de Bernard d’Espagnat mencionan muy poco al budismo, pero al llevar hasta sus límites los aspectos filosóficos de la física cuántica nos describe un panorama que tiene muchos puntos en común con la filosofía budista del Camino Medio, iniciada por Nagarjuna en el siglo II d. C., a la que hacía referencia Vic Mansfield.

Bernard d’Espagnat reconoce también que no existirá nunca una formulación de la física cuántica que pueda ser científicamente creíble e interpretable, y que pueda describir una realidad exterior totalmente independiente. En cierta medida, la realidad que plasma la física cuántica sólo puede ser accesible de una forma no discursiva, tal como la expresa el budismo. El teorema de Bell ha confirmado totalmente la imposibilidad de objetos localizados y separados. Bernard d’Espagnat afirma que cuesta reconocer que los objetos de nuestra experiencia, tanto macroscópicos como microscópicos, en última instancia carezcan de una existencia real mayor que la que pueda tener un arco iris. Dicho de otro modo,  en física cuántica los acontecimientos no son más que apariencias, aunque dichas apariencias sean, por así decir, intersubjetivas: las mismas para todos nosotros. Bernard d’Espagnat reconoce también que los fundamentos de la física cuántica confirman que el “yo”, tal como afirman los budistas, no es más que una ilusión.

Nos guste o no, llegamos a la conclusión de que la física y el budismo nos invitan a aceptar que la realidad de la naturaleza y de la consciencia constituyen misterios insondables. En esencia misterios, como nos dice d’Espagnat, no en el sentido banal de enigmas por resolver, sino en el sentido poético.

Desde otros ámbitos, hasta los físicos poco entusiastas a la hora de filosofar sobre la naturaleza de la realidad nos recuerdan, como hace el Premio Nobel de física Frank Wilczek, que nos conviene un baño de humildad tras los sorprendentes descubrimientos de los astrónomos confirmándonos que la materia que hemos estado teniendo en cuenta a lo largo de siglos, la clase de materia que se estudia en biología, química, ingeniería y geología. La materia de los planetas y las estrellas, de la que supuestamente estamos hechos los humanos, con la que nos enamoramos y aquella que llevamos a cuestas durante nuestras vidas, la que las teorías físicas sobre las partículas elementales comprenden en profundidad, en suma, lo que entendemos por materia… ¡contribuye únicamente al 5% de la masa del universo en su conjunto!

Tal vez donde más cerca están la ciencia y el budismo es cuando llegan al borde del abismo no-conceptual, frente al cual la ciencia, con valor encomiable, intenta encontrar un sentido, mientras que los meditadores budistas… se sumergen gozosos en él.

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Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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