Neuroteología (II) ¿Verdad incómoda o mentira cómoda?

Otra nueva crónica desde Isla Tortuga, por Fernando Pardo. Publicada en la Revista Cáñamo número 134. Como siempre, agradecemos a la redacción de Cáñamo el poder publicar estas crónicas en nuestro blog.

Vamos a seguir explorando la trifulca entre religión y ciencia. Seguiremos desentrañando si “la historia más grande jamás contada” tiene un valor epistemológico superior al Ratoncito Perez.

En el artículo anterior comentábamos la publicidad atea que iban a instalar algunos autobuses ingleses y estos días hemos leído, alborozados, que por lo menos un par de autobuses de Barcelona harán compañía a éstos. Lo que ha recibido una tímida protesta del obispado de Barcelona (de lo que también nos alborozamos).

Como comentábamos la religión está utilizando una sutil estrategia para acercarse a la ciencia: el becerro de oro. Como también dijimos la Fundación Templeton, del billonario John Templeton, en su intento de aproximar ciencia y religión ha establecido un premio de un millón y medio de dólares (que ya obtuvieron entre otros la Madre Teresa de Calcuta o Alexander Solzhenitsyn y que en los últimos veinte años han recibido principalmente científicos que rastrean lo divino en la naturaleza, como Paul Davies, Freeman Dyson o John Barrow). John Templeton añadió, poco antes de morir, 550 millones de dólares a su fondo, que supera de largo el billón de dólares. Lo más inquietante es que parte de este dinero ha ido a manos de organizaciones científicas tan prestigiosas como la American Association for the Advancement of Science y ha llevado a 90 facultades de medicina a ofrecer cursos sobre los vínculos entre salud y espiritualidad. Lo que ha provocado la protesta airada de algunos científicos. El poder de la Fundación Templeton es tal que hasta logró que Steven Weinberg, contumaz ateo, aceptara la invitación (previo cheque) a participar en uno de sus debates. Lo que le salvó fue que afirmara que estaba de acuerdo en que se estableciera un diálogo entre ciencia y religión, pero no en que fuera un diálogo constructivo. Algunos científicos han escapado a los cantos de sirena, y a los dólares, de la Fundación, como el físico Sean Carroll que se negó a acudir a un congreso patrocinado por la Fundación Templeton, en el que participaron 16 Premios Nobel y que también patrocinaba la American Physical Society. Según Carroll: “el propósito de la Fundación no es otro que hacer borrosa la frontera entre la ciencia y la actividad religiosa explícita, intentando hacernos creer que ambas empresas tienen un mismo propósito.”

El escritor científico John Horgan decidió también rechazar unos suculentos emolumentos por participar en un encuentro de periodistas científicos en la Universidad de Cambridge, donde su único cometido era pasarse varias semanas, con magníficas dietas, escuchando a filósofos y científicos (bien untados por la Templeton) pontificar sobre temas relacionados con la ciencia y la religión.

Curiosamente hasta algunos de los personajes del mundo religioso que recibieron el premio Templeton, intocables como la Madre Teresa de Calcuta, han recibido también alguna colleja dialéctica a manos de los científicos. En algunos ambientes aún colea la polémica que creó el libro de Christopher Hitchen: The Missionary Position: Mother Teresa in Theory and Practice, que además de destapar algunos oscuros asuntos económicos, recuerda que tal vez todos esos niños que “salvaba” la Madre Teresa eran fruto de su obcecada campaña contra el preservativo, el aborto y la planificación familiar.

Pero dejemos por el momento a la Fundación Templeton y sigamos explorando los acercamientos y alejamientos entre ciencia y religión. Para muchos lo peor de la religión actual es su falta de tolerancia. Su intento de imponer una verdad con el fin de eliminar la diversidad de creencias. En realidad puede que no haya una época que necesite más la diversidad de creencias que la nuestra. Se nos ha de recordar constantemente que hay otras formas de ver la religión, como por ejemplo el zen y otras alternativas a un mundo homogenizado que está destruyendo la diversidad y que nos muestran como distintas personas pueden resolver los mismos problemas vitales de un modo que evita el efecto colateral de la igualdad forzada que pretende la religión fundamentalista, principalmente en occidente.

Por poner un ejemplo, cuando los lideres puritanos de Massachusettss expulsaron a Roger Williams de su colonia, en el año 1635, por sus ideas tolerantes, enviándolo a una muerte segura en el crudo invierno que se avecinaba, éste fue recogido por lo indios Narragansett que lo cuidaron con cariño. Los escritos posteriores de Williams sobre la filosofía de los Narragansett influyeron en Thomas Jefferson y también en la obra del psicólogo William James, autor de Las Variedades de la Experiencia Religiosa.

Tal vez William James fue de los pocos que supieron en su día distinguir la religión de la espiritualidad, ruta que han elegido algunos autores como el astrofísico Adam Frank, que intenta ahondar en la idea de diferenciar las instituciones religiosas de los ámbitos más personales de la espiritualidad. Para Frank, el reino de la experiencia personal es un vínculo entre ciencia y espiritualidad que encierra una verdad ajena al desvarío neuroquímico. Adam Frank se mueve en un terreno resbaladizo, por el que le acompañan algunos científicos serios como Piet Hut del Institute for Advanced Study, de Princeton, y desde el que intenta desmontar tanto el creacionismo como la New Age, reconociendo que si bien el comportamiento del universo en lo micro (o muy pequeño) es maravillosamente extraño, ello no tiene por que ser fundamento para una nueva religión o la confirmación de las antiguas, y nos recuerda que las religiones orientales no necesitan de la física cuántica, ni la física cuántica de las religiones orientales. Lo que pretende decirnos Frank, es que no hay que comparar las últimas investigaciones de la cosmología y de la teoría de la evolución con las Escrituras, ni debemos equiparar el principio de incertidumbre de Heisenberg con el budismo. Lo que tienen en común la experiencia espiritual y la ciencia es responder a la belleza del mundo con una pegunta abierta: ¿Qué es esto?

Frank ve en el mito un punto de contacto entre la espiritualidad y la ciencia, para él el mito no es ciencia primitiva, sino que abarca la aspiración y actividad que actualmente identificamos como ciencia. En el pasado se necesitaban héroes y chamanes para actuar como emisarios de la verdad e interpretes de nuestro asombro. Ahora en una democrática, pero no menos mítica forma, dejamos que los científicos ocupen su papel. A quien desee profundizar más en las sugerentes ideas de Adam Frank, que no comparten muchos científicos, les recomiendo su reciente The Constant Fire: Beyond the science vs. Religion Debate.

Otros científicos intentan que impere en ambos campos la modestia y la cordura. Para ellos la ciencia debe mantener su integridad al mismo tiempo que un compasivo respeto en relación a aspectos de la naturaleza humana que no son “razonables.” Como ha dicho David Gross, Premio Nobel de física en el año 2004: “El producto más importante del conocimiento es la ignorancia.”

Mientras los científicos y los lideres religiosos insistan en que podemos conocer como el universo ha llegado a existir, estaremos tentados a establecer hipótesis que van desde un Dios creador, al diseño inteligente o a un universo ilimitado, producto del azar y sin creador, que son fruto de creer en respuestas aún cuando las preguntas tal vez solo reflejen peculiaridades de la fisiología cerebral. Si abandonamos la certeza de que la sensación de propósito y sentido están bajo nuestro control consciente y la vemos como una intuición involuntaria, muy relacionada con las ansias de conocer, tendremos una poderosa herramienta para reconsiderar el conflicto entre ciencia y religión.

Todos pecamos de lo mismo: una dificultad inherente para aceptar que un resultado sea contrario a lo que esperábamos. Este es el espacio en el que la ciencia y la creencia se distinguen. Pretender que podemos conseguir que otros piensen como nosotros es creer que somos capaces de superar las diferencias innatas que hacen de nuestro pensamiento algo tan único como nuestras huellas dactilares. Hay que abandonar la presunción de que cada uno de nosotros posee una facultad innata de razón que puede superar nuestras diferencias e ilusiones perceptivas y nos hace ver un problema desde una “perspectiva óptima”. Esto es simplemente una quimera. La conocida como disonancia cognitiva nos ha demostrado que más nos comprometemos con una creencia, más difícil es que la abandonemos, incluso ante múltiples evidencias contradictorias. En lugar de reconocer un error de juicio y abandonar dicha opinión, tenemos la tendencia a retenerla por cualquier medio y a relacionarnos con aquellos que tienen las mismas creencias. Existe la inquietante posibilidad de que nuestras certezas no sean una elección consciente sino fruto de mecanismos cerebrales involuntarios que, al igual que el amor y la ira, funcionen independientemente de la razón.

El catedrático de psicología evolucionista de la Universidad de Liverpool, Robin Dunbar, afirma que algo tan costoso como la religión debe poseer alguna ventaja evolutiva o si no fuera así los mecanismos cognitivos que la sostienen no seguirían siendo seleccionados.

Según Dunbar el que un descendiente de los simios como el homo sapiens pueda llegar a manejar cinco ordenes de intencionalidad es algo cuanto menos extraño pues la experiencia cotidiana nos sugiere que pocas veces utilizamos más de tres ordenes de intencionalidad para manejarnos en el complejo mundo social. La religión y la narración de historias (incluyendo los mitos) parecen ser las únicas actividades humanas que exigen estas capacidades tan avanzadas. Dunbar afirma también que puesto que no se conoce ninguna cultura que no posea religión, ésta debe ser anterior a la emergencia del hombre moderno en África, hace unos 70.000 mil años. Según el catedrático de la Universidad de Liverpool, estos cinco ordenes de intencionalidad nos dan suficiente cuerda para hacernos la picha un lío (la expresión no es de Dunbar, sino mía). Lo que si nos dice Dunbar con sus propias palabras es que “la religión permite a quienes detentan autoridad política o moral imponer una amenaza que es arriesgado ignorar. La amenaza del castigo eterno en otra vida impone unos costes que son difíciles de comprobar directamente pero que –dada la escala temporal de la eternidad- sería estúpido tomarse a la ligera. Ello imprime una fuerza que ninguna alianza terrena puede superar. Si los riesgos pueden inculcarse a edad temprana, en el proceso de socialización, e incluyen prácticas rituales de lavado de cerebro, los hábitos de la infancia aseguraran que el individuo otorgue más credibilidad a los riesgos de la condena eterna de la que éstos merecerían”. Amén (añadido mío).

Por último si nos seguimos preguntando quién ganará o perderá en el debate entre ciencia y religión.  Remito a lo que en el siglo IX dijo el gran Maestro zen Linji:

¿Ganar? ¿Perder? Ilusiones de la mente. Simplemente vive con sencillez, no te compliques la vida, haz como yo: cagar, mear, vestirte, comer y cuando estés cansado ponte a dormir.

El tonto se ríe de mi, Pero el sabio me entiende.

Anuncios

Acerca de Revista Ulises

Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s