El té lisérgico de las cinco: L.S.D. (Librae Solidi Denarii, Pounds Shillings Pence) & U.K. (I)

Esta es la crónica desde Isla Tortuga que Fernando Pardo envió a la Revista Cáñamo número 131. Como siempre, agradecemos a la redacción de Cáñamo el poder publicar estas crónicas en nuestro blog. 

Si el mes pasado celebrábamos la publicación del libro de Erika Dyck, Psychedelic Psychiatry: LSD from Clinic to Campus, sobre el uso de LSD en su contexto médico en Canadá, en esta ocasión saludamos la aparición de Albion Dreaming: A popular history of LSD in Britain, de Andy Roberts. Se trata de un libro excelente que combina una información muy completa con una pasión por el tema que se agradece. Esta obra, junto a Psychedelia Británica, de Tony Melechi, Acid de David Black y el magnífico Brotherhood of Eternal Love, de Stewart Tendler y David May, en su versión revisada y puesta al día, nos dan una idea completa del universo psiquedélico en Inglaterra, universo que puede extrapolarse fácilmente al resto de Europa.

La obra de Andy Roberts se acerca más, por poner un ejemplo próximo, al Spanish Trip de Juan Carlos Usó, –que tuve el honor de publicar en nuestro país– y que, junto a las obras citadas anteriormente, proporciona un impresionante mosaico que nos permite descubrir como, tanto en sus aspectos científicos como recreativos, el LSD viajó de Europa a América, y no al contrario, como suele creerse.

La historia de la psiquedelia británica afecta a la mayoría de psiconautas españoles que normalmente se iniciaron con ácidos provenientes de Inglaterra o los tomaron en este país. Recientemente, José Luís Giménez-Frontín recordaba en sus interesantes memorias, Años contados, cómo tuvo su primer contacto con LSD en el Reino Unido, algo que, como les sucedió a muchos, marcó su vida. Posteriormente dicha experiencia le llevaría a participar en una velada de honguitos con la mítica chamana Maria Sabina, en Huautla de Jiménez (aún conservo el ejemplar de la no menos legendaria revista Globo en la que describe su enteogénica aventura). José Luís Giménez-Frontín nunca ha dejado de considerar muy positiva su relación con los enteógenos y ha seguido explorando ocasionalmente este universo mediante la ayahuasca.

No fuimos pocos los que tuvimos nuestro primer contacto con el LSD en Inglaterra. La lectura de Albion Dreaming ha tenido en mí un cierto efecto al estilo de la magdalena proustiana, mediante unos agradables flashbacks que me han devuelto a la época, entre 1969 y 1973, en que viajaba prácticamente cada año a Gran Bretaña huyendo de la triste España franquista para recuperarme en brazos de la cálida y psiquedélica Albión. El primer año llegué justo el día en que los Rolling Stones celebraban su concierto gratuito en Hyde Park, en homenaje al entonces recién fallecido Brian Jones (aunque como ya he dicho en otro lugar preferí a una nueva banda llamada King Crimson con la que disfrute también un día después de una actuación memorable en el mítico Marquee de Oxford Pret, en Londres). Al año siguiente, junto a mi amigo José María, alias Sordi (no por su parecido con el actor italiano, sino por su sordera parcial), cruzamos Francia en auto-stop en pos de nuestro Santo Grial particular: la actuación de Jimi Hendrix en el Festival de la Isla de Wight. Tras diversas tribulaciones alcanzamos el puerto de Le Havre. Para entonces ya se nos había unido Diego, un divertido anarquista sevillano. Prácticamente no teníamos dinero ni para el pasaje del ferry, pero un hippie genial, mientras el resto dormitábamos sobre nuestras mochilas, se dedicó a leer la letra pequeña de un folleto de la compañía, donde descubrió la posibilidad de precios rebajados para grupos. Y así fuimos embarcando en grupos de cuarenta melenudos ante la perplejidad del personal del puerto que no tuvo argumentos para desmontar la lógica de aquel barbudo maravilloso tocado con un sombrero vaquero. Una vez en el barco, y antes de desembarcar, se produjo una criba en la que a mucha gente se le impidió la entrada en Inglaterra. Aún recuerdo cuando el oficial de aduanas convocó en su camarote a los “españoles” (Diego, el Sordi y yo). Nos pidió que le mostráramos el dinero que llevábamos. Cuando le enseñamos las tres mil pesetas que portábamos (en realidad mis tres mil pesetas, pues ni Diego ni el Sordi llevaban un duro) a punto estuvo de firmar nuestra sentencia de muerte, pero en aquel momento desplegué el mejor discurso de mi vida –en un inglés aprendido en los discos de rock y la lectura esporádica de la revista Melody Maker– y conseguimos que se dirigiera a un armario y nos pusiera en el pasaporte el sello para el permiso de entrada por una semana pero que, cuando caducara, prácticamente estaríamos en busca y captura. Finalmente no tuvimos que utilizar las tres mil pesetas, pues, no sé si más por necesidad que por ideología, formamos parte de la vanguardia que tiró abajo las vallas del festival convirtiéndolo en un free festival en el que circuló profusamente LSD de gran calidad a precios irrisorios.

Albion Dreaming abarca tres aspectos distintos, pero en cierto sentido muy relacionados: los usos militares, los médicos y los que podríamos llamar contraculturales del LSD.

En 1954 el Journal of Mental Science publicó un primer articulo sobre los trabajos de Ronald Sandison, el primer psiquiatra que utilizó LSD en Inglaterra, aún vivo en la actualidad, a quien el autor del libro ha entrevistado para aclarar diversos aspectos de su trabajo y su posible relación con los experimentos que llevó a cabo el ejército. En este artículo se fijaban, en cierto sentido, las bases para el uso clínico de LSD. Presentaba los resultados del trabajo terapéutico con treinta y seis pacientes a lo largo de un año. Los primeros ingleses sometidos a terapia psiquedélica que volaron en alas del ácido lisérgico.

Es curiosa la información de que el actor Sean Connery tuvo un par de sesiones con LSD dirigidas por el legendario psiquiatra (o mejor sería decir antipsiquiatra) Ronald Laing, al que también acudieron los miembros de Pink Floyd, por si se podía “recuperar” a Syd Barret. En la próxima entrega profundizaremos más sobre la intrigante relación de Ronald Laing con el LSD.

Las tres áreas que contempla el libro son tratadas de forma amena y están muy bien documentadas. En lo que se refiere a los usos militares del LSD aparece información muy novedosa, teniendo en cuenta que en Inglaterra es muy difícil el acceso a material de esta índole, pues se ha desclasificado muy poco. Posiblemente la parte más interesante del libro es la que contempla y repasa la historia del LSD en la contracultura inglesa. Nos recuerda que fue un inglés el que inició a Timothy Leary en el LSD. Del mismo modo que los primeros filósofos de la enteogenia fueron ingleses emigrados a América, como Aldous Huxley (o como recordábamos el mes pasado Humphry Osmond y Abram Hoffer); pero la persona que inició a un gran número de norteamericanos que tuvieron relación con el nacimiento de la contracultura fue Michael Hollingshead y sin él el curso de la historia psiquedélica habría tenido una trayectoria muy distinta. Hollingshead consiguió que el Dr. John Beresford encargara un gramo de LSD directamente de los laboratorios Sandoz, en Suiza, lo que daba para 5.000 potentes dosis. Las cinco mil dosis de 200 gamas acabaron en un tarro de mayonesa. Hollingshead de forma accidental ingirió en el proceso de transformación, al chuparse los dedos, cinco dosis que le catapultaron a un viaje memorable de quince horas. Con este tarro de mayonesa convertiría a Leary en profeta del LSD.

Hasta el año 1966 el LSD sólo circuló entre pequeños grupos de psiconautas, algunos militares que experimentaban con el ácido y un selecto y reducido grupo de psiquiatras. Finalmente el LSD sería prohibido en Inglaterra el 9 de septiembre de 1966, un mes antes que en Estados Unidos. La prohibición no sólo no consiguió nada, sino que en poco tiempo hizo que se multiplicara el consumo de LSD, pues mientras el estamento médico empezó a tener dificultades para abastecerse, el mercado clandestino empezó a gozar de un auge impresionante. Fue entonces cuando incidió fuertemente en la música, las artes plásticas y la moda. Por poner un ejemplo, estamos hablando de la época del mítico local UFO (recomiendo el excelente Blancas bicicletas de Joe Boyd que refleja muy bien esos tiempos) que se convertiría en el hogar de la subcultura del LSD hasta su cierre.

El año 1966 fue clave para la historia del LSD. En un espacio de doce meses escasos la sustancia pasó de ser un oscuro fármaco que utilizaban unos pocos psiconautas a convertirse en un asunto de dominio público. Pese a su demonización a cargo de los medios de comunicación y las autoridades políticas, en una simbiosis absurda y perversa, se consiguió un efecto totalmente contrario al deseado.

El primer proceso judicial importante relacionado con la fabricación y distribución de LSD en Inglaterra se sentenció el día en que los Beatles daban el toque final a Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band (Paul McCartney recuerda que dos de los Beatles habían tomado LSD cuando se hicieron la mítica foto para la portada). Los abogados lograron que Albert Hofmann se presentara como perito de la defensa, en la que también participó el profesor Ernest Chain, Premio Nobel por su desarrollo de la penicilina como antibiótico. Finalmente los acusados fueron absueltos al haber actuado cuando la sustancia aún no era ilegal.

A partir de entonces Inglaterra, y gran parte de Europa, se fueron surtiendo de LSD clandestino fabricado en laboratorios underground (en la próxima entrega, entre otras cosas, nos detendremos en la famosa Operación Julie que desmanteló la red más importante de fabricación de LSD en el Reino Unido) y otras veces del LSD que venía de América, como cuando el fotógrafo, y amigo, que acompañó a Brian Jones al Festival de Monterrey recogió gran cantidad de LSD –preparado por el químico underground August Owsley Stanley III, por aquel entonces manager de Grateful Dead–, para llevar de vuelta a Inglaterra en las lentes de sus cámaras.

La expansión que tuvo el LSD en el año 1967 fue enorme y escapó al estrecho marco de años anteriores y a los precursores del movimiento psiquedélico ingleses, como Michael Hollingshead, David Salomon o Hoppy Hopkins. Este nuevo impulso hizo que la cultura psiquedelica siguiera adelante a través de la década de los sesenta, los setenta y hasta prácticamente nuestros días.

Es curioso comprobar cómo el auge de la comida natural y ecológica estuvo ligado a la expansión de los psiquedélicos, lo que constata Andy Roberts hablando con Greg Sams, que pasó de preparar en el UFO bocadillos macrobióticos –lo que le pedía la familia psiquedélica– a abrir varios restaurantes vegetarianos en Inglaterra; y quien recuerda que la industria de los productos naturales fue fundada por gente que experimentaba con LSD.

En realidad la fabricación clandestina de LSD fue fruto de una conspiración ideológica de corte muy filosófico y de gran envergadura (tanto en EE UU como en Gran Bretaña). Gran parte del LSD se regalaba y servía para financiar los primeros festivales gratuitos de Rock (algo que examinaremos más a fondo en la próxima entrega). La auténtica cultura psiquedélica se puso en marcha a través del movimiento de los festivales libres y la red de distribución de LSD que cayó tras la policial Operación Julie. Ambos ámbitos, los festivales y los laboratorios clandestinos, fueron cruciales para mantener viva la contracultura a lo largo de los años setenta y, paradójicamente, apuntan al fin del sueño psiquedélico, aunque a la vez conforman las bases que hicieron llegar la contracultura psiquedélica hasta nuestros días, fusionándose, entre otros, con movimientos como el de las raves. No olvidemos que el Festival de Glastonbury tiene sus raíces en la contracultura de aquellos días y está muy vinculado al LSD. Tanto este festival como los de Winsor no hubieran tenido sentido alguno sin el movimiento psiquedélico.

En el próximo número ampliaremos estos temas y hablaremos, entre otras cosas, de Ronald Laing, la antipsiquiatria y la LSD, de la filosofía de los pioneros del movimiento psiquedélico, de la Operación Julie y sus protagonistas y del último preso de consciencia psiquedélico Casey Hardison.

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Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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