Canadá Trip. El nacimiento de la psiquedelia. Fernando Pardo

(Artículo publicado en el número 130 de la revista Cañamo)

En la primavera de 1953, el psiquiatra Humphry Osmond viajó de Weyburn, Saskatchewan (Canadá), a Los Ángeles, California, donde introdujo a Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz en la mescalina. Huxley había tenido noticia de que Osmond estaba realizando experimentos en Canadá con mescalina y LSD, y estableció contacto con el psiquiatra inglés afincado en Saskatchewan. Las experiencias de Huxley dieron pie al clásico enteogénico Las puertas de la percepción. Los aficionados a la psiquedelia recordarán que de la correspondencia entre Aldous Huxley y Humphry Osmond surgió el término psiquedélico para designar esta clase de sustancias.

Cuando Huxley le escribió proponiendo el término fanerotimo:

Para convertir este mundo banal en divino

Sólo hace falta medio gramo de fanerotimo

Osmond le respondió:

Para penetrar en el infierno o tener un vuelo angélico,

Simplemente tome una pizca de psiquedélico.

Pocas personas son conscientes de que en una apartada zona rural del Canadá se inició en  la década de los años cincuenta la mayor investigación psiquedélica de todos los tiempos. Cuando esta extraordinaria aventura científica ya estaba a punto de perderse, una profesora de historia de la Universidad de Saskatchewan,  Erika Dyck, ha recopilado toda la información pertinente en un magnifico libro publicado por la John Hopkins University Press: Psychedelic Psychiatry: LSD from Clinic to Campus.

La excelente obra de Erika Dyck nos muestra cómo los psiquiatras que se instalaron en Saskatchewan, algunos llegados desde Inglaterra, apoyados por políticos socialistas y radicales, pusieron en marcha una investigación irrepetible, en un marco psiquiátrico, sobre los efectos de los psiquedélicos.

Sus autores partían de la idea de que los nuevos fármacos antipsicóticos (neurolépticos) se convertirían (como así ha sido) en substancias de las que el enfermo iba a depender de por vida y que sólo controlaban –en el mejor de los casos– los síntomas, pero no se dirigían a las causas reales del transtorno. Lo que ellos propugnaban era una experiencia psiquedélica, en la mayoría de los casos de una sola dosis, que podía ayudar a que los pacientes exploraran su psique y alcanzaran por sí mismos habilidades que les ayudaran a superar sus trastornos. Lo que pretendían era que el paciente recuperara el control de su vida y consiguiera explorar por sí mismo su psique, en lugar de aceptar de forma pasiva los tratamientos impuestos por los psiquiatras.

Francamente, desde la perspectiva actual, sorprende comprobar cómo los psiquiatras reunidos en Saskatchewan,  principalmente Abram Hoffer y Humphry Osmond, fueran gente tan progresista y lograran el apoyo de políticos canadienses como Thomas “Tommy” C. Douglas que administró políticamente la región entre 1944 y 1961, quien fue un pionero que creó las bases de la seguridad social en América, algo realmente revolucionario por aquel entonces.

En la década de los años cincuenta la terapia psiquedélica iniciada por  Hoffer y Osmond ofrecía la promesa de una nueva psiquiatría que buscaba la transformación de la consciencia en el marco de un entorno científico reconocido por la profesión médica. Lo que diferenciaba el tratamiento con psiquedélicos de otros abordajes farmacológicos era que incluía de forma clara la parte subjetiva de la experiencia, a la que otorgaba una gran importancia.

Los estudios canadienses con psiquedélicos se abrían en distintas áreas y otros espacios: por un lado exploraban la teoría de que la esquizofrenia pudiera ser producto de una sustancia química similar al LSD, así como la consideración de que la autoexperimentación de los médicos y otro personal sanitario con dichas sustancias permitía entender la mente en un estado psicótico (la conocida como teoría psicomimética). Es curioso el relato de cómo, en este creativo contexto, el arquitecto Kyoshi Izumi tomó LSD para planificar un hospital psiquiátrico teniendo en cuenta lo que podía alterar la tranquilidad de los pacientes, tratando de crear un entorno idóneo para ellos (escribió un trabajo al respecto: LSD and Architectural Design). Por otro lado se tenía en cuenta la constatación de que la experiencia psiquedélica abría a las personas a ámbitos espirituales que podían, por sí mismos, tener un gran valor terapéutico. Esta última idea es la que llevo a Abram Hoffer y a Humphry Osmond a crear una terapia psiquedélica para el alcoholismo.

Aunque habían hecho diversas pruebas con los psiquedélicos en un entorno clínico, Hoffer y Osmond decidieron finalmente dedicar sus esfuerzos a centrarse en estudiar una terapia psiquedélica para el alcoholismo. Por aquel entonces, como en la actualidad, no había ninguna terapia que realmente funcionara para el alcoholismo, transtorno que aún hoy en día es, de forma directa o indirecta, causante de más muertes que todas las drogas legales e ilegales juntas. La idea de dicha terapia se le ocurrió a Hoffer al comprobar que algunos alcohólicos dejaban de beber tras la terrible experiencia del delirium tremens. Pensó en provocar, mediante dosis de aproximadamente 500 micras de LSD, una suerte de delirium tremens artificial para conseguir de esta forma que el alcohólico dejara de beber. Si hemos de hacer caso a la documentación recopilada por Erika Dyck los resultados fueron muy alentadores (recordemos que más recientemente se ha recuperado este tipo de terapia en Rusia utilizando la ketamina).

Algo que el libro de Erika Dyck confirma, y que siempre se ha tratado de ocultar, es que el fundador de Alcohólicos Anónimos, William Wilson, experimentó con la terapia psiquedélica (lo que ya me había confirmado Stan Grof en conversación personal), pero que Alcohólicos Anónimos han  querido siempre desmarcarse de este hecho por temor a que sus afiliados caigan en el abuso de otras sustancias. Lo que no entienden es que Wilson participó en estos experimentos cuando el LSD no estaba demonizado y cuando, como decía Abram Hoffer tras miles de tratamientos con ella, el LSD había demostrado ser menos peligrosa que una aspirina.

Otro aspecto importante de la obra de Dyck es la semblanza que hace de uno de los personajes más míticos de la psiquedélia –que merece un artículo a parte y espero poder dedicárselo– Al Hubbard, conocido como “Captain Trips”, una de las personas que introdujo a más gente en Canadá y Estados Unidos en el universo de la psiquedelía y el verdadero creador de las teorías sobre el set y setting, que suelen atribuirse a Timothy Leary. Es de destacar también el hecho de que consiguiera que los psiquiatras introdujeran la música y unos entornos más adecuados, y artísticos, para la experiencia psiquedélica.

Al Hubbard tuvo siempre problemas para la obtención de LSD de la casa Sandoz, por lo que dependía del suministro de Hoffer y Osmond, que gustosamente se lo proporcionaban pues tenían en alta estima su manejo de los psiquedélicos y, como otros investigadores, consideraban que era el mayor experto sobre el uso de la LSD.

Abram Hoffer y Humphry Osmond también apoyaron, con su reputación científica, a los miembros de la Iglesia Nativoamericana en sus rituales de peyote (participando en uno de ellos) cuando éstos vieron peligrar sus tradiciones en Canadá.

Psychedelic Psychiatry: LSD from Clinic to Campus documenta de forma magistral el momento en que los psiquedélicos salieron del marco médico y analiza la paradoja de que por un lado las aplicaciones terapéuticas de los psiquedélicos se llevaran a cabo en hospitales y universidades de todo el mundo, según directrices científicas y, por otro lado, cada vez un mayor número de personas empezaran a experimentar con dichas sustancias para explorar distintos estados de consciencia, la creatividad y la espiritualidad, lo que daría paso a la explosión de su uso recreativo, e ilegal, en la segunda mitad de la década de los sesenta.

Tal vez no seamos conscientes de la cantidad de sesiones que se llevaron a cabo en Canadá con psiquedélicos, que se cuentan por miles, y del hecho de que se escribieran hasta manuales clínicos que detallaban el modo de llevar a cabo la experiencia (uno de estos manuales, el de  Bleweet, Duncan C. y Nick Chwelos: Handbook for Therapeutic Use of Lysergic Acid Diethylamide-25, Individual and Group Procedures puede consultarse en www.maps.Org/ritesofpassage/lsdhandbook.html

Es interesante comprobar cómo los mismos investigadores empezaron a reconocer tímidamente que el vocabulario científico era insuficiente para describir las visiones e intuiciones que se conseguían bajo los efectos de los psiquedélicos.

Hoffer, por ejemplo, aunque en todo momento mantuvo un alto compromiso con las investigaciones científicas, en especial las bioquímicas, siempre apoyo a Hubbard, y a otros personajes ajenos al campo médico, suministrándoles la sustancia y alentándoles en su camino menos ortodoxo. En algunos momentos Abram Hoffer se transformó en una figura trágica, que se sitúa en una extraña frontera en que se vuelven borrosos los límites entre la ciencia y la espiritualidad.

Poco a poco las investigaciones psiquedélicas canadienses empezaron a estar bajo sospecha y las autoridades médicas que fomentaban la psiquiatría psiquedélica empezaron a ser consideradas compañeros de viaje de una revolución cultural inesperada. En esos momentos nació lo que Erika Dyck describe como pánico moral, aunque curiosamente no todo consumo de droga produjo dicho pánico. En 1965, por ejemplo, se tramitaron en Estados Unidos 24 millones de recetas de anfetaminas y 123 millones de recetas de sedantes y tranquilizantes.

La diferencia estaba en que la experiencia psiquedélica no producía una simple reacción química similar a la de las anfetaminas o las benzodiacepinas, sino que daba pie a cambios filosóficos, epistemológicos y ontológicos que empezaron a producir una revolución contracultural sin precedentes. Por desgracia, los expertos médicos sobre los efectos del LSD se encontraron en el lado político equivocado.

En pocos años el LSD pasó de ser una sustancia legal, con prometedores usos médicos, a una sustancia ilícita con tintes criminales. Los psiquiatras que habían centrado sus carreras en la investigación con LSD empezaron a ver cómo se cerraban los espacios científicos dedicados a tal fin y empezaron a quedar marginados dentro de la profesión. Aunque cuando sus colegas empezaron a desmantelar la red de investigación psiquedélica, Osmond animó a gente como Hoffer a que capeara la tormenta política, vaticinando que el pánico asociado con el LSD reflejaba simplemente las ansiedades sobre los cambios políticos de la época y que en el futuro la psiquiatría psiquedélica resucitaría, porque ofrecía autenticas intuiciones sobre la enfermedad mental. Algo sobre lo que, si consultamos actualmente la web de Maps, en la que se reflejan los nuevos permisos legales para trabajar con psiquedélicos en diversos ámbitos, no andaba tan desencaminado.

Es muy divertido el relato del encuentro de Humphry Osmond con uno de los “químicos underground” del LSD, a quien él llama el “alquimista”, y que le explica su filosofía anarquista-psiquedélica de una sociedad tecno-tribal no burocrática y sin jerarquías. Osmond acaba sintiendo gran simpatía por las ideas del “alquimista”, al que considera una persona científicamente muy preparada, inteligente y cabal.

Finalmente muchos psiquiatras psiquedélicos abandonaron la provincia y el santuario de investigación cuando las condiciones políticas y culturales que propiciaron la milagrosa década en Saskatchewan dejaron de existir. Los políticos progresistas que habían sido capaces de apoyar estas vanguardistas investigaciones también abandonaron la zona o perdieron la pasión característica de la cultura experimental de la década de los años cincuenta.

Erika Dyck consigue transmitirnos el entusiasmo de una época realmente “alucinante” en la que algunos políticos y psiquiatras tuvieron un valor que actualmente se ha perdido totalmente y que muchos añoramos.

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