El cerebro expansivo: Neurociencias, mística y enteógenos. Fernando Pardo

Segundo de los artículos que Fernando Pardo viene publicando, mensualmente, en la revista Cáñamo. El presente, vio la luz en el número 127:

En la actualidad, de forma sorprendente, los tres ámbitos citados, que antiguamente llevaban vidas separadas, cuando no encontradas, están empezando a imbricarse de forma estrecha y vaticinamos que pronto será normal un espacio en el que convivan científicos, místicos y psiconautas.

Hasta hace relativamente poco tiempo las teorías de Freud seguían reinando en la cultura occidental. Si bien es cierto que Freud inició su carrera como neurocientífico, realizó interesantes trabajos sobre la afasia y consideró un ambicioso proyecto de psicología para neurólogos (sin  olvidar sus famosos textos sobre la cocaína), pronto se dio cuenta de que el estado en que estaban las neurociencias en su época no permitía investigar a fondo la mente humana y, como es bien sabido, creó la disciplina del psicoanálisis, que no solo fue durante un tiempo una de las pocas formas de terapia psicológica, sino que sus conceptos impregnaron la cultura occidental hasta épocas muy recientes. Pero no olvidemos que científicos contemporáneos de Freud, como nuestro compatriota Santiago Ramón y Cajal, siguieron en la brecha desvelando los misterios del cerebro. Gracias a estos últimos fue como las neurociencias alcanzaron el desarrollo que hoy conocemos. A estas investigaciones debemos añadir el revolucionario descubrimiento de la imaginería cerebral: técnicas relativamente no invasivas que nos han proporcionado la posibilidad de estudiar las funciones del cerebro en movimiento. Estas prodigiosas tecnologías, que nos permiten atisbar en la caja negra del cerebro, junto a los avances de la psicología cognitiva, hacen que gocemos hoy de un conocimiento bastante preciso de las funciones cerebrales.

Al reinado de Freud, le sucedió brevemente el conductismo que llevó los experimentos de Pavlov sobre el condicionamiento animal al universo del comportamiento humano. Por suerte, el conductismo quedó pronto relegado a un pequeño núcleo de psicólogos, aunque nos ha seguido acompañando en el mundo publicitario (no olvidemos que uno de los padres del conductismo moderno, J. B. Watson, abandonó la ciencia por una lucrativa carrera en el mundo de la publicidad).

Fue, por lo tanto, la unión de la psicología cognitiva con las nuevas técnicas de imaginería cerebral lo que dio pie a las neurociencias tal como las conocemos hoy en día.

Curiosamente, como ha ocurrido otras veces en ciencia, se volvieron a recuperar a autores que habían quedado eclipsados en la época del psicoanálisis como el gran William James, quien por cierto escribió un trabajo de gran importancia para el tema que nos ocupa: Las variedades de la experiencia religiosa. Obra en la que por primera vez un científico muestra un gran respeto e interés por la mística. William James fue un hombre adelantado a su tiempo que también experimentó con sustancias psicoactivas, pues no se le escapaba la variedad de estados mentales y la necesidad de que todos ellos fueran considerados en pie de igualdad en el  campo de estudio de la consciencia. James a su manera fue uno de los primeros en unir las tres áreas que hemos citado al principio.

Pero los neurocientíficos aún se remontaron más lejos y se reconoció que Hipócrates ya supo intuir en su época la importancia del cerebro para comprender cómo percibimos y cómo sentimos, algo que se refleja en su famosa frase: “Los hombres deberían saber que del cerebro y nada más que del cerebro vienen las alegrías, el placer, la risa, el ocio, las penas, el dolor, el abatimiento y las lamentaciones”.  No tan alejada de la que escribiría, siglos más tarde, el científico Francis Crick: “Las alegrías y tristezas, memorias y ambiciones, el sentido de identidad personal y libre albedrío, no son más que el comportamiento de un vasto armazón de células nerviosas y moléculas asociadas”. Francis Crick, codescubridor de la estructura de ADN, que se pasó del estudio del código genético al del cerebro, fue un hombre valiente que en su día firmó un manifiesto en favor de la legalización de la marihuana y que conocía los efectos del LSD. Crick denominó precisamente en un libro divulgativo a esta concepción “la hipótesis sorprendente”, aunque para muchos científicos no tiene nada de sorprendente.

Mientras tanto otros neurocientíficos se dedicaban al estudio de los neurotransmisores. Para ellos no es ningún secreto, y nunca lo han ocultado, que el descubrimiento del LSD y otros psiquedélicos fueron importantísimos para sus investigaciones. Gran parte de lo que hoy se sabe sobre las funciones de neurotransmisores como la serotonina se debe a la investigación con psiquedélicos. Más anecdóticamente recordaremos que Craig Venter, uno de los decodificadores del genoma humano, en su autobiografía, además de reconocer que la marihuana le salvó de la locura y el suicidio en Vietnam, afirma que muchos de sus colegas se pagaron los estudios sintetizando psiquedélicos.

En un principio los neurocientíficos pusieron sus herramientas y técnicas al servicio de la medicina y se dedicaron al estudio de los problemas que producían diversos tipos de lesiones para tratar de indagar que zonas gobernaban distintas funciones cerebrales: de la percepción a las emociones. Con el tiempo el campo de estudios se ha ido ampliando a lo que podríamos llamar la mente normal y no patológica. Precisamente el estudio de las funciones normales del cerebro llevó al descubrimiento de áreas que podrían asociarse con la experiencias místicas y con los efectos de los psiquedélicos. En este terreno existen muchas posiciones encontradas. La mayoría de los científicos son reacios a lo religioso y a lo espiritual. Tienen sus razones. No están tan lejos las épocas en que la inquisición convirtió en mártires a varios de los padres de la ciencia moderna. Actualmente distintos científicos están publicando obras en las que arremeten contra Dios y la religión, tanto desde la biología como desde la física y las ciencias cognitivas. Como he dicho no les faltan razones, pero olvidan que los místicos y los primeros psiconautas sufrieron el mismo destino que sus antepasados científicos.

En el campo de los que pretenden descubrir la religión o la espiritualidad en el cerebro existen distintos bandos (dejando a un lado el mundillo de la Nueva Era). Por una parte una serie de neurocientíficos serios, normalmente gente muy formada y avanzada en su campo, que reflexionan sin problemas sobre las áreas cerebrales que pueden estar implicadas en las experiencias místicas y en los efectos de los psiquedélicos, pero que dejan claro que dichos efectos para ellos no son algo trascendente, sino que tienen el mismo valor que la percepción, el placer o la racionalidad, y que son meros correlatos de la actividad cerebral. Otros investigadores van más lejos y apuntan a que esta causalidad de abajo-arriba tal vez tenga también una lectura de arriba-abajo, o sea que la mente quizá no sólo sea un mero efecto de los procesos cerebrales sino que existe la posibilidad de que pueda actuar sobre ellos transformando la arquitectura cerebral. Para estos autores, los místicos auténticos tienen la capacidad de incidir en la plasticidad cerebral creando nuevas constelaciones neuronales. Partiendo de esta hipótesis se están realizando escáneres cerebrales a monjes tibetanos que llevan largos años practicando la meditación y, curiosamente, también a monjas de clausura católicas. De una forma algo soterrada la guerra está entre quienes consideran que la consciencia es un producto del cerebro y quienes sostienen que ésta es un proceso emergente con propiedades singulares que puede incidir en el funcionamiento cerebral.

Otro campo de batalla está entre quienes consideran los efectos de los psiquedélicos equivalentes a los efectos de lo que podríamos llamar la iluminación mística. Para algunos religiosos esto constituye una herejía. No aceptan que algo que a un místico le lleva décadas de esfuerzo pueda conseguirse en unas horas. Para complicar más las cosas están los practicantes de budismo, por ejemplo, que no han ocultado su uso esporádico de psiquedélicos. Según mi punto de vista ambas esferas no son incompatibles. Existe la posibilidad de que los efectos de los psiquedélicos en una mente preparada sean equivalentes al despertar místico, con la salvedad de que algunos místicos alcanzan un estado más permanente al haber ido transformando paso a paso su arquitectura cerebral, mientras que el usuario de psiquedélicos tiene un atisbo transitorio del paisaje del que goza el místico auténtico.

Desde otra perspectiva, algunos aficionados a los psiquedélicos se conforman con la parte lúdica del asunto y no tienen ninguna necesidad de añadir matices metafísicos a sus viajes. Hace tiempo que estudiosos de la psiquedelia como Jonathan Ott y Robert Gordon Wasson, entre otros, crearon el termino entéogenos (Dios dentro de uno) para sacar a dichas sustancias del campo semántico que las asocia al resto de drogas lúdicas. Autores como Terence Mackenna no estuvieron muy de acuerdo y encontraban en el término un tufillo demasiado teológico. Aunque, como dice Jonathan Ott, es curioso que sostenga esto alguien que tituló una de sus obras The Food of Gods (o Manjar de Dioses como lo tradujo un servidor en la edición castellana de Paidós).

Mi opinión es la de que las investigaciones de las neurociencias confirmarán que tanto la mística como los enteógenos comparten un espacio común en el atlas del cerebro. Pero otra cosa muy distinta es que el reduccionismo científico (la teoría de que la mente se reduce a la biología, ésta a la química y ésta a la física) sea una explicación suficiente. Curiosamente, a pesar de la campaña de grandes mentes científicas en contra de la religión (o mejor sería decir de lo que consideran religión), esta emergiendo (y nunca mejor dicho) otro núcleo de científicos que pretenden volver a reencantar al mundo desde la misma ciencia sin caer por un lado en la falacia religiosa fundamentalista ni por otro en el fundamentalismo científico. En este terreno destacaríamos la obra de Stuart A. Kauffman, notable científico y especialista en la teoría del caos que acaba de publicar un libro fascinante: Reinventing the sacred: a new view of science, reason and religion que a mi modo de ver marcará época. El reputado neurocientífico Owen Flanagan no ha dudado en calificar a Kauffman como el Spinoza del siglo XXI.

Nos hemos dejado muchos cabos sueltos, pero en próximas entregas iremos ampliando, desde distinto ángulos, estas temáticas que abren la posibilidad a un universo fascinante que tal vez en el futuro sea capaz de unir ciencia y éxtasis.

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Acerca de Revista Ulises

Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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