LSD, el poder de unas siglas. J. C. Usó

Artículo publicado en la revista especial Ulises-Cáñamo con motivo del 100 aniversario de Albert Hofmann. http://www.liebremarzo.com/catalogo/especial-dr-albert-hofmann-y-lsd

Lyserg-Säure-Diäthylamid es el nombre original con el cual se identificó la sustancia que descubrió en 1938 el químico suizo Albert Hofmann (n. 1906) a partir de sus experimentos con muestras de cornezuelo de centeno (Claviceps purpurea). Durante algunos años se ignoró qué aplicaciones podía tener. En 1943, fue el propio Hofmann el primero en sentir sus poderosos y sorprendentes efectos psicoactivos durante una jornada gloriosa que ya forma parte de los anales —y hasta de la iconografía— de la psiquedelia, gracias en parte a un celebrado viaje en bicicleta. Aunque ya habían sonado los clarines, todavía no había llegado la hora de la sustancia: contaba a su favor con la proverbial neutralidad de Suiza, pero la II Guerra Mundial estaba en pleno apogeo. No sería hasta los años 60 cuando sus intensos efectos sobre la conciencia revolucionaron el acervo cultural y espiritual de Occidente en su conjunto. Aunque inicialmente el producto fue lanzado al mercado por la casa Sandoz con el nombre comercial de Delysid, el apelativo que finalmente gozó de mayor fortuna entre la estirpe de psiconautas que fue forjándose en su uso sería el integrado por las siglas que conformaba su designación en alemán.

En su autobiografía, Timothy Leary cuenta que en la primavera de 1962, antes incluso de que él hubiera tenido ocasión de probar la sustancia, los “buscadores de placer enrollados” de lugares más o menos desenfadados como Las Vegas, Beverly Hills y Aspen iban por ahí extendiendo el bulo de que las siglas de la droga psiquedélica respondían a la sugerente invitación Let’s Strip Down, o sea, Vamos a desnudarnos[1]. En septiembre de 1966, cuando la LSD ya había sido declarada una droga ilegal en EEUU y el ex profesor de Harvard había asumido plenamente el papel de Sumo Sacerdote del movimiento psiquedélico, Leary abandonó el plan que se había trazado con la creación de la International Federation for Internal Freedom (IFIF) y puso en marcha la denominada League for Spiritual Discovery (LSD), es decir, Liga para el Descubrimiento Espiritual, que únicamente tenía dos mandamientos: “No alterarás la conciencia de tu compañero” y “No privarás a nadie de alterar su propia conciencia”[2]. Sin embargo, la nueva religión psiquedélica estuvo sometida a un control policial continuo desde el momento mismo de su fundación, aunque nada pudo impedir que durante años siguiera su imparable progresión, ganando adeptos día a día, pues ya se sabe que la reputación cobra alas en la clandestinidad.

“LSD, SU MEJOR AGENCIA DE VIAJES”… decía una pintada que, reproducida por manos anónimas en distintos idiomas, podía leerse en medio mundo: en la valla de una comuna en Haight Ashbury, en una pancarta exhibida en el campus de Nanterre, en la pared de las letrinas de un tugurio en Katmandú… En 1966, el grupo The Pretty Things contribuyó a la popularización del apelativo con la grabación de una canción cuyo título respondía de un modo tan lacónico como reivindicativo a las tres siglas mágicas —“LSD”—, pero rápidamente fue prohibida en Inglaterra y otros países. Cosas de la vida: a principios de 1967, el grupo Los Polares grabó una versión libre de ese tema bajo el inequívoco título de “La droga” pero nadie se mostró escandalizado en una España que entonces se consideraba reserva espiritual de Occidente. Quizá fue porque el mensaje de la letra en castellano resultaba bastante ambiguo y porque las siglas cantadas con fonética inglesa —“el-es-di”— no significaban nada para las autoridades franquistas del momento. En cambio, los Beatles camuflaron su particular homenaje al producto del Dr. Hofmann bajo un título algo más críptico: “Lucy in the Sky with Diamonds”. Puede que no sea cierto, que el estribillo del popular tema del cuarteto de Liverpool no encerrara intención oculta alguna y que no estemos sino fomentando una leyenda urbana más, pero lo indiscutible es que desde entonces el mundo de la música pop-rock ha sido el que ha mostrado una mayor complicidad con la sustancia a través de sus siglas. Ahora mismo, me vienen a la memoria algunos nombres de grupos, como los estadounidenses Love Spirals Downwards o, sin ir más lejos, los andaluces Long Spiral Dreamin’ y los catalanes Línia de Sortida Directa… títulos de LPs, como Liquid Sun Days, de The Squires, y Love Sensuality Devotion, de Enigma… y más canciones, como “Last Spiritual Dimension”, de la desaparecida formación Blue Bus. Supongo que la nómina debe de ser mucho más amplia.

LSD, ácido lisérgico o simplemente ácido, como también se conoce a la sustancia en la calle. Seguramente esa es la causa, unida a sus efectos tan imprevisibles y poco convencionales, de que su sola mención revista un carácter contracultural o, como mínimo, cierto aire de provocación. No es de extrañar que un miniperiódico o contraperiódico de humor, donde tienen cabida noticias y anuncios imaginarios, fotomontajes, comentarios, etcétera, eso sí, de lo más corrosivo, se denomine el LSD Herald Tribune… aunque se publique en Euskadi. Tampoco choca que el nombre de la droga haya sido adoptado por un colectivo de lesbianas de Madrid dedicado a la fotografía, cuyas siglas hacen responder a variadas y cambiantes denominaciones —Lesbianas Saliendo Domingos, Lesbianas Se Desatan, Lesbianas Sin Dinero, Lesbianas Sin Duda, Lesbianas Sin Onda, Lesbianas Sobre todo Diferentes, Lesbianas Sospechosas de Delirio, Lesbianas Sudando Deseo, Lesbianas Suscitando Desorden…— y cuyo trabajo, realizado a caballo entre el humor y la reivindicación explícita del cuerpo femenino, se configura como herramienta de crítica frente al orden establecido. Más o menos en la misma línea se encontraría también la publicación LSD (Líneas Sin Desperdicio), un “fanzine pucelano de curiosas concomitancias lisérgicas” —tal y como reconocen sus propios responsables— que funciona como boletín de la Asociación Vallisoletana de Amigos del Noveno Arte. Y lo mismo podría decirse de la empresa de ropa alternativa y complementos expansivos LSD, con establecimientos abiertos al público en Barcelona e Ibiza. No demasiado ajenos a ese sentido del humor, ácido y provocador, nos imaginamos a otros colectivos: los músicos, actores y cómicos de cabaret italianos que forman Latte & i Suoi Derivati; los artistas, músicos, productores, diseñadores, djs y creadores ingleses que integran Liquid Sound Design y los estudiantes socialistas de Hamburgo fundadores de la agrupación Liste Sozialistischer DemokratInnen (LSD).

Dejando al margen este supuesto afán provocador que implica la simple evocación de la dietilamida del ácido lisérgico, dentro del mundo de la comunicación y la tecnología informática (internet, intranet, sistemas matemáticos, multimedia e hipermedia, etc.) existe un amplio reconocimiento bastante explícito de la sustancia, tal y como sugiere cierta nomenclatura del sector: LSD-PLaNET (The Last Stage of Delirium Research Group), Logic for Structure Determination, Laboratory for Simulation Development, LDAP Service Deployment, Laboratorio de Segurança de Dados, Laboratorio de Sistemas Distribuidos, Lean Software Development, Life Science Dictionary Project, Loop and SiDeschains-CAFASP (LSD-CAFASP), Laboratoy of Speech and Dialogue, Laboratorio de Sistemas de Detecção, Laboratory of Semiconductor Devices, Laborator Silnicní Dopravy, Local Software Documentation, Level Seven Digitals…

Pero no podemos resultar tan ingenuos de creer y pretender que todos los nombres cuyas siglas se corresponden con LSD estén relacionados, siquiera remotamente, con la problemática criatura de Albert Hofmann. Así, por ejemplo, y aunque en su dirección web destaque la presencia de las controvertidas siglas, no parece que tenga nada que ver con sustancia psicoactiva alguna el Lar São Domingos, una entidad filantrópica brasileña dedicada a la protección de la infancia. Ni la Legal Surveys División, una empresa canadiense dedicada a la explotación, promoción y protección de los recursos naturales y el desarrollo sostenido. Ni mucho menos la comercial Luis Sánchez Díez, S.A., una empresa familiar dedicada a la búsqueda y explotación de canteras y a la fabricación y venta de materiales para la construcción. Ni tampoco un organismo oficial lituano que responde por el nombre de Lietuvos Standartizacijos Departamentas. También parece que la coincidencia entre las siglas LSD y las de la Law Student División de la ABA (American Bar Association) o las del foro para estudiantes y graduados en leyes Law School Discusión no sea más que eso: meras coincidencias.

Sin embargo, no deja de sorprender que la US Navy no haya procurado desvincular su línea de barcos de soporte para operaciones anfibias Dock Landing Ships (LSD) de las siglas de una de las sustancias ilegales contra cuya promoción más ha batallado la Administración de los Estados Unidos desde tiempos del presidente Richard Nixon. Y no es el único ejemplo que puede provocar cierta perplejidad, porque ahí está el caso de la Louisiana School for the Deaf, que por mucha fidelidad a la tradición académica estadounidense que demuestre en honrar al “LSD Teacher of the Year”, no puede ignorar la correlación semántica existente entre las siglas del citado colegio y las del potente e ilícito visionario.

Sea como sea, nadie puede negar que el éxito de las siglas LSD ha tenido que ver con la expansión del uso de la sustancia —a pesar de su prohibición incondicional— y sus poderosos efectos psiocoactivos. Sin embargo, este éxito ha acabado por desbordar los propios márgenes del movimiento psiquedélico, seguramente porque se ha producido en un mundo donde el poder de las marcas ha dejado de ser patrimonio exclusivo del ámbito empresarial, alcanzando a las artes, a las instituciones y hasta a países enteros.

Efectivamente, el branding o la cultura de las marcas ha ido invadiendo todos y cada uno de los elementos susceptibles de ser sometidos a las leyes de la oferta y la demanda, es decir, a las reglas del consumo, convirtiéndose en un auténtico fenómeno sociológico. Los ciudadanos, reducidos a simples consumidores, se configuran en este sentido como víctimas involuntarias y pasivas de la conspiración de unas marcas que tan sólo persiguen cínicos intereses mercantiles. Un dato revelador: hasta el reputado psiquiatra Stanislav Grof[3], con varias décadas de investigación y experiencias clínicas en estados alterados de conciencia (muchos inducidos por LSD), ha patentado la técnica terapéutica denominada Respiración Holotrópica® como una marca registrada más.

Frente al poder de las multinacionales, la tiranía de las leyes de mercado y la incitación permanente a un consumo desenfrenado, no hace muchos años se publicó el libro No Logo, de Naomi Klein[4]. En poco tiempo, la obra de esta periodista y economista canadiense —a medio camino entre la investigación-denuncia y el ensayo sociológico— se convertiría en libro de cabecera de los movimientos antiglobalización, de todos aquellos que quieren hacer justicia, salvar el mundo o simplemente ahorrar dinero, es decir, recuperar el espacio público y la identidad privada. El libro ofrecía numerosos argumentos para que los consumidores hicieran preguntas y se atrevieran a enfrentarse al intento de colonización mental por parte de las multinacionales. En este sentido, los activistas de la antiglobalización, aseguran que las multinacionales, más que mercancías, venden fantasías, ideas y estilos de vida —inalcanzables para la mayor parte de las personas— asociados a marcas exclusivas que requieren un gran despliegue de mercadotecnia —incluido un bombardeo publicitario masivo— y cuyos productos representativos fabrican empresas subcontratadas en países del Tercer Mundo.

Las principales críticas a estas tesis han partido de Wally Olins[5] y otros expertos en imagen e identidad corporativa que aseguran que los partidarios del no-logo, es decir, del activismo antimarca, en realidad confunden marcas con capitalismo. En esta línea podemos mencionar a Michel Chevalier y Gérard Mazzalovo[6], quienes recientemente han analizado las bases teóricas de la identidad, el ciclo de vida y la dimensión de las marcas partiendo del hecho de que la noción de marca descansa en la diferenciación, una diferenciación que lógicamente lleva asociados determinados valores (cualitativos, hedonistas, éticos). Según estos dos profesores de la École Supérieure des Sciences Économiques et Commerciales (ESSEC), las marcas implican un pacto, una especie de acuerdo con el consumidor, que es fuente de progreso social: por una parte, crea y distribuye riqueza y, por otra, exige procesos de creación e innovación que reportan bienestar a unos consumidores que no serían meros espectadores o, mejor dicho, simples sujetos pasivos. Prácticamente la casi totalidad de la publicidad, aseguran estos dos autores franceses, se refiere a tendencias de fondo preexistentes, es decir, se construye y sostiene sobre modelos culturales más o menos generalizados. En definitiva, la publicidad no haría sino responder a deseos latentes, estimulándolos, de manera que sólo nos mostraría y nos diría aquello que en realidad tenemos ganas de ver y escuchar.

Pero no es nuestra intención entrar en polémicas aquí y ahora, sino simplemente dejar planteado el estado de la cuestión y constatar el hecho de que un amplio reconocimiento ha convertido las siglas LSD, con toda su carga y fuerza semántica, en un reclamo con entidad propia, en una supermarca más allá de los efectos psiconáuticos que pudiera sugerir. Pero sobre todo felicitarnos porque en su día los laboratorios Sandoz se limitaran a patentar la dietilamida del ácido lisérgico con la marca Delysid, olvidándose de las siglas, y sumarnos de este modo al homenaje que la revista Ulises (Revista de viajes interiores) ha decidido rendir en el centenario de su nacimiento al químico que nos abrió un atajo para acceder a la vía de la experiencia mística.

Dankeschön, Doktor Hofmann!

Juan Carlos Usó

[1] LEARY, Timothy: Flashbacks. Historia personal y cultural de una época. Una autobiografía, Barcelona, Alpha Decay, 2003, pág. 188.

[2] LEE, Martin A. & SHLAIN, Bruce: Sueños de ácido. Historia social del LSD: la CIA, los sesenta y todo lo demás, Castellar de la Frontera (Cádiz), Castellarte, 2002, pág. 204.

[3] GROF, Stanislav: Psicoterapia con LSD, Barcelona, La Liebre de Marzo, 2005.

[4] KLEIN, Naomi: No Logo. El poder de las marcas, Barcelona, Paidós Ibérica, 2001.

[5] OLINS, Wally: Brand. Las marcas según Wally Olins, Madrid, Turner, 2004.

[6] CHEVALIER, Michel & MAZZALOVO, Gérard: Pro Logo. Por qué las marcas son buenas para usted, Barcelona, Belacqva, 2005.

 

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