Proemio para Albert Hofmann, la persona. J. Mª Fericgla

Publicado en el número especial Ulises-Cáñamo, con motivo del 100 aniversario de Albert Hofmann. http://www.liebremarzo.com/catalogo/especial-dr-albert-hofmann-y-lsd

El hecho de que una persona alcance la edad de un siglo generalmente es, para el resto de los mortales, motivo de alegría y admiración. Cuando además esta persona cumple los cien años con las facultades mentales en pleno y saludable funcionamiento, despierta una afable esperanza de victoria sobre el tiempo… Pero cuando la persona que celebra su centenario es alguien como el universal químico suizo, el Dr. Albert Hofmann, el cumpleaños tiene, además de todo lo anterior, un alto contenido de algo grandioso, entrañable y de respuesta social de unos muchos que admiran lo que unos pocos denostan.

Revisando el índice de este número monográfico que publican fraternalmente Ulises y Cáñamo, se puede observar que el ácido lisérgico tiene un protagonismo absoluto en las páginas que siguen. Es natural y, por ello, sería poco menos que superfluo que dedicara también este prolegómeno al famoso hijo problemático de Albert Hofmann. Será más útil destinar el espacio que amablemente me otorgan los editores a hablar del ser humano que hay detrás de sus descubrimientos químicos. Descubrimientos que, por cierto, son bastante más variados y numerosos que el famoso ácido que transformó el mundo occidental. Sin ir más lejos, cabe atribuir también a Albert Hofmann el descubrimiento de la hydergina, substancia que favorece la irrigación encefálica y que permite hoy llevar una vida mental normal a muchos millones de ancianos. No es exagerado pensar que Albert Hofmann podía, por lo menos, haber figurado como candidato al Premio Nobel de Química. En más de un círculo científico, se comenta que sus importantes descubrimientos en el campo de la química orgánica le hubieran hecho merecer tal mención de no ser por la asociación entre su nombre y el movimiento social que se generó mediante el uso de la LSD como bandera de transformación interior y de amor social, y que él ha defendido desde el primer día.

Lo que más me llamó la atención cuando tuve la suerte de conocer personalmente a Albert Hofmann fue su porte, su presencia impecable. Es un hombre fundamentalmente viril (y, por favor, que nadie relacione masculinidad con machismo). Tiene una voz grave y recia, llena de armónicos; una mirada frontal un tanto desafiante a la vez que amorosa, como la de un viejo y severo amigo que te ve de nuevo tras una larga ausencia y te escudriña para descubrir dónde estás en este momento de tu existencia. De inmediato transmite la impresión de alguien que sabe quién es y qué representa, aunque esta identidad famosa no le merma el contacto con lo más íntimo, tierno y humilde que todos albergamos en nuestro interior.  Se trata de un ser humano que ha trabajado hacia a fuera y hacia dentro de sí mismo. Creo que aunque alguien lo ignorara todo sobre la densa biografía de Albert, es probable que quedara impactado por su pulcra presencia, por el porte de alguien que sabe dónde están sus límites en cada momento y que, por tanto, pone amablemente límites a los demás.

Recuerdo una de sus visitas a Barcelona, cuando ya tenía alrededor de noventa años. Era verano y estábamos en una piscina particular unos pocos amigos en un entorno privado y resguardado. Los demás estábamos en atuendo de baño tomado el sol, relajados y contentos de tenerle de visita en casa. Albert estaba vestido y protegiéndose de un sol amable bajo una sombrilla. Le ofrecí un traje de baño para que se cambiara si lo deseaba. Su respuesta, tan masculina como coqueta, fue agradecerlo diciéndome que un cuerpo nonagenario, como el suyo entonces, no es muy agradable de ver y que prefería seguir tranquilamente vestido como estaba aunque le agradara mucho el clima mediterráneo.

Albert siempre ha sido un gran practicante de deportes, afición que compartía con su esposa. Toda su vida ha residido en un pequeño pueblecito suizo rodeado de montañas. Hasta bien entrados los ochenta años, con frecuencia hacía largas caminatas por los bosques, durante las cuales aprovechaba para ejercitar diversos músculos en las anillas colgantes y otros elementos gimnásticos que había distribuido a lo largo del recorrido que solía hacer por el bosque. En las visitas amistosas a su casa nunca faltan los detalles acogedores, suyos y de su esposa, todo hay que decirlo, quien no tarda en disponer ante el amigo una taza de buen café para reponerse del viaje. Cuando le conocí él tenía algo más de ochenta años, y me sorprendió su cuerpo fuerte y elástico en los movimientos y su carácter jovial a cualquier hora del día. Entró en los noventa sin usar bastón, gafas ni otros adminículos. Aun hoy, con cien años sobre su espalda, tiene un aspecto más parecido al de un recio campesino suizo, con saludables colores en las mejillas, que al de alguien que ha pasado la mayor parte de su vida activa tras los ventanales de un laboratorio revisando procesos químicos a la antigua usanza, lo cual significa largas horas de espera ante tubos de ensayo y realizando a mano minuciosas y laboriosas mediciones y observaciones que actualmente se hacen sin esfuerzo gracias a la informática.

Le encanta el vino tinto y asegura que beber una copa cada noche alarga entre dos y cinco años la vida. Como comentaba más arriba, su mirada es firme, escudriñadora e irónica hacia todo lo que le rodea. Es una de las contadas personas que conozco que cuando te mira lo hace de frente, está totalmente en ello y también sabe escuchar con atención. Se puede definir como alguien que sabe dirigir la atención y lo hace a voluntad, sin dejarse atrapar por estímulos vanos. De ahí que se trate de un ser humano espontáneamente cuidadoso y que sopesa cada uno de sus actos.

En el mundo de los científicos prestigiosos, es habitual que se conozca y se admire la obra pero que se ignore mucho o todo de la persona. Albert Hofmann no pertenece a este tipo de científicos, sino a la categoría de, por ejemplo, C.G. Jung o A. Einstein. Hombres de ciencia cuya dimensión humana, lucha social y camino espiritual son tanto o más ejemplares que su obra científica. Desde que nos conocimos, Albert ha despertado mi admiración por su integridad personal, por su gigantesca calidad humana, por el compromiso constante con sus ideales y por su acción social más allá de la química y los laboratorios. Insisto, es una persona comprometida con el Conocimiento y con la trascendencia, lo cual implica una dimensión espiritual fuera de lo común. Hay algunos hechos de su vida que hablan de ello. Por ejemplo, en 1985 fue uno de los cofundadores del Colegio Europeo para el Estudio de la Consciencia, con sede en Göttingen, junto a los psiquiatras alemanes Hanscarl Leuner y Michael Schlichting, y al holandés Jan C. Bastiaans. En este sentido, cabe mencionar también que aceptó ser miembro de honor de la Societat d’Etnopsicologia Aplicada i Estudis Cognitius, con sede en Barcelona, apoyando siempre y en la forma que podía tales estudios. En segundo lugar, hay dos textos suyos que rezuman una espiritualidad de primer orden, que hablan de alguien que ha alcanzado una comprensión de la realidad universal más allá de lo habitual. Me refiero a la introducción que escribió para el libro del pintor Alex Grey, Transformaciones, y a su maravillosa obrita Mundo interior, mundo exterior, editada es castellano por La Liebre de Marzo (1997).  Albert entendió muy pronto que, más allá de las apariencias que la química y las demás ciencias estudian, más allá de la división molecular de la materia existe una Unidad a la que todos pertenecemos, y que esta Unidad es la que anima toda la Naturaleza y nuestra vida personal. Esto es espiritualidad.

En los últimos veinticinco años de su vida hay una pregunta que, de vez en cuando, le formulan amigos y periodistas y que probablemente le repetirán a raíz de su aniversario del siglo de vida: ¿Sigues tomando LSD?. Su respuesta es también invariable: Ya no ¿Para qué? Lal LSD me dio todo lo que me podía dar, no necesito tomar más.

Como hecho ilustrativo de su enorme vitalidad y elegante sabiduría existencial, me apetece mencionar una conversación que tuvimos cuando Albert contaba ya noventa y cuatro años. Vino a visitarme a Barcelona (y vino solo, en avión, poco después de haberse operado las rodillas, cosa que no carece de mérito a esta edad. Recuerdo ahora que, al llegar, le pregunté por su esposa y me respondió: “Oh, ella ya está un poco anciana, ya no viaja”. Su esposa es unos diez años más joven que él). Una tarde, hablando de su maravilloso y regio estado de salud le dije: “Tú tienes algún secreto para mantenerte tan vital y flexible a esta edad. Venga hombre, cuéntamelo”. Rió como suele hacer, virilmente, mirando pícaramente a los ojos. Me respondió que tiene tres secretos para mantenerse bien. “¿Cuáles son?”. El primero es tomar dos copas de vino tinto cada noche. Fue él quien descubrió hace décadas las razones químicas que explican este efecto benéfico de los taninos que contiene el vino tinto sobre nuestro sistema cardiovascular. No hay que abusar, pero dos copitas diarias te alargan la vida, como ya he comentado más arriba, entre dos y cinco años.

El segundo secreto consiste en colgarse cabeza abajo unos minutos cada día. Me contó que hace años, cuando rondaba la cincuentena, tenía dolor en un brazo y no había forma médica de eliminarlo. Por aquel entonces visitó las ruinas de Pompeya y, en el mosaico de uno de los espacios antiguamente dedicados a los baños, vio la representación de un hombre colgado cabeza abajo. Esto le condujo a pensar que, efectivamente, estar invertido unos minutos al día debía aligerar del peso de la gravedad algunas válvulas del cuerpo, lo cual debía ser saludable. Lo probó ajustando unos ganchos a unas viejas botas de montaña, ganchos que le permitieron colgarse cabeza abajo. Poco tiempo después de esta práctica, le había desaparecido el dolor en el brazo. Desde entonces Albert fue puliendo el mecanismo y el método. Unos minutos al día, que son exactamente entre cinco y diez. Las botas con ganchos acabaron siendo un aparato que hoy en día se conoce como inversor, de uso frecuente en ambientes de medicinas alternativas y fisioterapia.

Bien. ¿Y el tercero de tus secretos? Me respondió: Es que tengo los ojos abiertos. Me entran muchas cosas de fuera y me olvido de mí mismo, y siento que la vida es hermosa. Eso es lo más importante. El tercer secreto de su juvenil bienestar y vitalidad consiste en un esfuerzo constante para mantenerse abierto al mundo. ¡Mantenerse abierto al mundo! De ahí que una de las afirmaciones más sorprendentes que he oído de Albert fue una vez en que afirmó taxativamente con su voz grave que Freud, el padre del psicoanálisis, había sido un mal hombre. No es bueno estar todo el tiempo mirando dentro, esto nos hace enfermar. Me siguió contando que… No puedo tragar nada si no lo mastico mucho; así también se disfruta más de la comida mientras está en la boca. Mucha gente traga demasiado rápido, y la gente trabaja de la misma manera que come. Yo como lento, trabajo lento… ¡soy un hombre perezoso! Pero lo importante para estar bien es el mundo espiritual. Antes también corría por el bosque, me gustaba muchísimo, y cuando era joven practicaba varios deportes. Ahora camino bastante.

Podría seguir narrando anécdotas y hechos de la vida de Albert Hofmann, anécdotas que he compartido y que muestran la absoluta amabilidad con que Albert trata al mundo y a sí mismo, la humildad y ausencia de sensacionalismo con que vive a pesar de su imagen social (aunque es alguien que se siente serenamente orgulloso de lo que ha construido consigo mismo: vivo rodeado del clan Hofmann, suele decir refiriéndose a que su casa está rodeada por las residencias de sus hijos y nietos). Podría narrar más anécdotas sobre la impecabilidad de su hacer, sobre los logros humanos que han sido ocultados por sus logros científicos, y sobre sus diversos méritos. No obstante, no se trata de hacer un recuento exhaustivo de hechos. Una persona, y en especial si es como Albert Hofmann, es siempre mucho más de lo que se puede describir de ella. Prefiero acabar este Proemio recuperando parcialmente una conversación que se hiló entre nosotros, hace años, en el salón de mi casa de Barcelona tras comer una paella, y que otro amigo tuvo el acierto de grabar.

J.Mª Fericgla: Albert, ¿hay alguna pregunta que te hubiera gustado que te plantearan y que nadie ha hecho?

A. Hofmann: (piensa un segundo y responde con rotundidad): ¡Sí! Por qué estudié química. Nadie me lo ha preguntado nunca.

J.M.F.: Me gustaría saberlo ¿Por qué te hiciste químico?

A.H.: Estudié química porque era una cosa extraña. Cuando yo tenía diecinueve años, estudiaba literatura, historia, artes… ¡eso era lo que me gustaba! Me preguntaba a mí mismo: ¿Qué es el mundo material? ¿Cuál es la ciencia del mundo material? Fue por esa razón filosófica que estudié química. Mi antiguo profesor de filosofía me repetía a menudo que debía hacer algo en este campo, lo que entonces me sorprendía porque yo no sabía nada de química. Fíjate, hice el bachillerato de latín. Sólo sabía que la química era la ciencia del mundo material y esto es un verdadero misterio. Pero es algo que… debía ser válido porque el mundo material existe y no podemos cambiarlo con sólo una discusión de opiniones. En literatura o en arte siempre hay ideas distintas, pero el mundo material es estricto, es rígido. Este fue el motivo por el que estudié química. Claro que debo decirte también que sin esa extraña idea nunca hubiera descubierto la LSD, y cuando eso sucedió reapareció de nuevo ese misterio que tenía en la mente a los diecinueve años. Siempre me andaba preguntando a mí mismo: ¿Por qué llegaste a estudiar química? Y ahora creo que probablemente ese era mi destino; tenía que descubrir la LSD pero para eso hacía falta estudiar química…

J.M.F.: Hay químicos que defienden que los seres humanos no somos más que un complejo saco de química. ¿También tú piensas eso?

A.H.: ¡¡No, no!! Lo es nuestro cuerpo. Eso sí es química, por supuesto. Todos contenemos los mismos elementos: carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno… por eso somos parte del Universo material. Somos una parte individual de ese Universo material, y como seres conscientes somos una parte individual de la Consciencia Universal. Esa es mi manera de verlo. Todo, en el universo, tiene una parte material y otra espiritual ¡Todo! El Universo espiritual no podría existir sin el material, y al revés.

J.M.F.: Eso es algo defendido por casi todas las religiones, pero el problema no es la dualidad, sino cómo o dónde se halla la conjunción entre espíritu y materia.

A.H.: Tienes razón. Puedo mostrarte exactamente donde está: en los centros del cerebro. Por ejemplo, fíjate en las experiencias visuales ¿Qué son? ¿Cómo podemos ver algo? Para ello debe haber algo fuera, un objeto. Pero entonces sólo podemos verlo si hay luz. La luz es energía, ondas electromagnéticas que penetran en nuestro ojo. Luego, estas ondas producen una imagen nerviosa en el ojo y desde ahí el nervio óptico las envía a los centros del cerebro. Toda esta geografía del cerebro la conocemos perfectamente. Pero entonces pasa algo. A partir de este suceso energético, es decir material, se produce la visión, y la visión es algo espiritual, no es material. De esto no se puede explicar nada más. Ver es ver, y no es material. No podríamos ver sin la materia, sin la energía, pero esta energía no produciría ninguna imagen sin el mundo espiritual. Ver es algo absolutamente espiritual. Las ciencias naturales no pueden dar ninguna explicación a ello. Siempre tenemos un impulso exterior, quizás químico si comemos algo, y esta química en mi interior produce un impulso que llega hasta el cerebro, y mi mente dice: “dulce, dulce…”. Así, toda esta conexión entre el mundo material y el espiritual sucede en nuestro cerebro, en los centros del cerebro. Hasta ahí podemos reseguir las ondas energéticas que vienen del exterior… Pero ahí empieza el mundo espiritual porque, por ejemplo, el sonido no existe en el exterior, allí sólo existen vibraciones de aire, el sonido tal y como lo percibimos es espiritual, lo mismo con los sabores y las imágenes.

J.M.F.: Estos argumentos los he leído en tu libro Mundo interior, mundo exterior, pero me gustaría saber tu opinión más allá de esto. Este límite entre lo material y lo espiritual ¿cómo lo concibes traducido al fenómeno vida-muerte?

A.H.: ¡Me gusta esta pregunta, es interesante! Ambos, el mundo material y el espiritual, provienen del mismo origen. La materia es básicamente caos, entonces llega una fuerza espiritual que, por así decir, organiza los elementos materiales para formar todos los organismos vivos. En el mismo principio hay una chispa de vida que no podemos explicar, que se sitúa en la semilla, en la célula fertilizada. Es como una célula de la Consciencia Universal. Existe algo misterioso: la consciencia. Es ella la que construye un ser vivo a partir de materia muerta. Es la fuerza de la vida, la misma que crea una planta, una flor o un ser humano… ¡Todo! Cuando morimos, este elemento de consciencia desaparece. Ya no podemos ver, ni oír… todas estas funciones que están dirigidas por la fuerza vital ya no se dan. Nuestro cuerpo vuelve a la forma desde la que se originó (agua, carbono…), vuelve a la Consciencia Universal. Deja de ser una parte individualizada de esta Consciencia Universal y se convierte en parte del mundo material universal, los elementos. Es evidente para las ciencias naturales que, aunque no podamos explicar por qué pasan estas cosas, si no hay energía, si no está presente esta fuerza creadora que origina las plantas y los seres superiores, todo vuelve a los elementos base, al caos. A esta fuerza creadora podemos llamarla Dios, o Espíritu creador, o como se quiera. Se trata de una fuerza mística que utiliza el mundo material para manifestar su espiritualidad. Me atrevería a decir que el mundo material es la representación, como la imagen, del mundo espiritual.

J.M.F.: Si te parece, cambiemos de tema. Después de toda la historia reciente ¿Nunca te has arrepentido de haber descubierto y divulgado la LSD-25?

A.H.: ¡No, nunca! Yo intentaba preparar un medicamento y descubrí los efectos de la LSD, esta substancia que tiene un efecto espiritual. ¡No puede ser nada malo! Tampoco era mi intención descubrirlo. Digamos que tuvo que ser idea de algún espíritu generoso. Para nada puedo sentirme arrepentido; en todo caso, debería ser la vida la que se arrepintiese. Debes hacer lo que depende de ti, y probablemente ya esté planificado todo lo que luego sucederá.

J.M.F.: Pues pareces muy determinista con esta afirmación, Albert. Para hablar de tu antiguo conocido C.G. Jung, tal vez él diría que nuestras acciones están mayormente determinadas por el inconsciente, que es quien planifica, ¿Qué piensas de ello? ¿Compartes el rechazo a la idea de la existencia de un inconsciente humano, como hacen algunos científicos positivistas?

A.H.: Tengo una opinión bastante clara al respecto. No comprendo cómo se puede negar el inconsciente: ¡es tan obvio! Tenemos sueños, recuerdos que hemos olvidado y luego recuperamos de nuevo, también para eso sirve la LSD. Todo eso es inconsciente. Ahora mismo, yo soy consciente de este momento, pero no puedo serlo de todo lo que me sucedió ayer o anteayer. Cuando estamos sanos, la consciencia es siempre ahora y aquí, el resto es inconsciente. Es como si registráramos imágenes en una cinta de vídeo y después las pudiéramos poner una y otra vez. Lo que sea sucedió una única vez, pero no puedes decir que el vídeo no existe.

J.M.F.: ¿Crees que cada enteógeno genera imágenes similares en cada persona que lo consume?

A.H.: Es una experiencia interior, en el inconsciente. Pero eso no significa que sea siempre igual. No siempre vi flores ni formas psicodélicas al tomar LSD. Tuve experiencias muy, muy diversas. Algunas extrañas y otras muy cercanas a la consciencia diaria.

J.M.F.: Una vez realicé un experimento ofreciendo LSD a un apartado chamán indígena amazónico, sin ningún contacto con la California de los años 60, y dijo haber visto flores y cielos de colores, imágenes que él desconocía antes. ¿Qué posibilidades químicas hay de que esta imaginería, que parece salir del inconsciente, venga “insertada” en la LSD?

A.H.: No lo sé, pero hay algo curioso en esta conexión. Cuando experimenté con hongos alucinógenos por primera vez, los había conseguido para analizarlos, pero yo quería probar el efecto antes de iniciar la investigación en el laboratorio. Así que mastiqué aquellos hongos secos y tuve una experiencia muy extraña. Todo cambió y adquirió un carácter indio: los colores, las figuras, mi habitación habían cambiado. Yo nunca había estado en México, pero tenía la sensación de que aquello debía ser como el México antiguo. Se acercó uno de mis colegas, que estaba allí para supervisar mientras yo ingería los hongos. Es un hombre rubio, pero yo le vi como a un sacerdote azteca. Yo había leído sobre aquellos sacerdotes, y realmente el ambiente y la estancia eran típicamente indios. Se dice que estas imágenes son típicas de la psilocibina. Ahí sí veo una conexión entre el arte indio y las visiones que tienen con mezcalina o psilocibina. Me sucedió lo mismo que en mi experiencia con María Sabina. Ella me preguntó qué había visto, y le respondí que una imágenes difíciles de describir. Posteriormente hicimos un tour visitando viejas iglesias de la primera cristianización de México, construidas por obreros indios. Al entrar, vi representado lo que me había aparecido en las visiones con los hongos psilocíbicos. Siempre se ha dicho que el arte mexicano ha estado muy influido por este tipo de visiones.

J.M.F.: Dada la enormidad de tus experiencias personales y del importante papel que has jugado en la cultura actual ¿qué recomendarías a los jóvenes, en general?

A.H.: En el prólogo de mi libro sobre la LSD describí una visión de una experiencia que tuve siendo niño y que se repitió bajo los efectos de la LSD. Esto significa que podemos tener experiencias visionarias espontáneas, son naturales. La posibilidad está en el interior del ser humano, aunque estas substancias ayuden a provocarlo. Por eso, al principio me sorprendió que uno pueda provocarse estas experiencias con substancias químicas. Pero yo les diría a los jóvenes: intentad abrir los ojos, intentad mirar ¡sólo mirar! Hay quien dice que es peligroso, pero es porque miran y piensan con palabras. Y lo importante es ver sin pensar, para poder pensar después. ¡Ver primero y pensar después! No se pueden hacer ambas cosas a la vez. En la entrada a una vieja ciudad suiza está escrito: Abra los ojos, lo cual significa que intentes ver lo que es de verdad y no pienses en que esto es el cielo, o un árbol o una nube. No. Mira el árbol sin pensar. Mira todas las cosas vivas que no estén hechas por el ser humano. Sólo míralas, eso es lo que digo a la gente joven. Después, y si uno quiere, por supuesto, puede provocarse las imágenes con la ayuda de substancias, pero antes hay que mirar. Tuve una discusión con Leary porque él daba enteógenos a los jóvenes, y yo les decía que antes de intentar ver más simplemente tenían que ver. No hay que trastornarlos con demasiados pensamientos. Es importante que los jóvenes salgan a los bosques, a la Naturaleza… ¡y miren! Eso es lo que deberíamos enseñar en las escuelas, además de pensar y nombrar. Uno termina pensando en los nombres de las cosas y no en las cosas de verdad. Con los escritores sucede lo mismo: los hay que se expresan en términos abstractos y otros que intentan describir las imágenes, y eso es importante porque muchos pensamos en imágenes. El pensamiento abstracto es muy difícil para mí, no podría pensar como hacen los abogados o los filósofos.

J.M.F.: En confianza, ¿cómo te imaginas el futuro, tú que recuerdas cuando llegó el primer coche a la ciudad de Basilea y que has vivido la transformación del mundo?

A.H.: El futuro próximo será una época terrible con una crisis increíble. Pero podemos mirar la historia, las crisis anteriores, y vemos que la vida es mucho más fuerte que las cosas. Sobreviviremos, pero tendremos que pasar por épocas muy, muy malas. Ahora estamos intentando destruir la Naturaleza, pero antes de que podamos hacerlo habremos acabado con nosotros mismos. También en lo social es un desastre, incluso en Suiza hay gente muy pobre y gente muy rica. El sistema capitalista es terrible. Hemos de aprender a cambiar las cosas, debemos estar en armonía con la Naturaleza. La fuente de la vida no está en lo que hacemos los seres humanos sino en la Naturaleza, y nosotros somos parte de ella. La gente volverá al campo, como antiguamente, y vivirá en poblaciones pequeñas. Desaparecerán los problemas que existen en las ciudades de millones de habitantes que viven en un entorno muerto. Creo que, en el fondo, tengo una imagen positiva, porque sabemos qué es lo que hay que hacer para ser felices. Lo sabemos aunque no lo hagamos. Pero al final, no hay más remedio, tendremos que hacerlo.

Cuando una persona alcanza la edad de un siglo casi siempre es, para el resto de mortales, motivo de alegría y admiración. Cuando esta persona cumple los cien años con las facultades mentales en pleno y saludable funcionamiento, despierta una afable esperanza de victoria sobre el tiempo y uno se siente afortunado de poder estar cerca de la sabiduría acumulada durante tanto tiempo de estar viendo el mundo. Pero cuando la persona que celebra su centenario es alguien como el Dr. Albert Hofmann, el cumpleaños tiene, además de todo lo anterior, un alto contenido de algo grandioso, entrañable y de respuesta a las grandes preguntas que nos formulamos como seres humanos. Así que la vital longevidad de Albert Hofmann no es la pregunta, sino la respuesta misma.

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