Carta póstuma a Miguel Angel Velasco

Castelló, 5 octubre 2010

Querido Miguel,

“Hombre-leño”, me motejaste durante una velada de altura en que la materia –la mía– ofrecía más resistencia de la habitual a la sustancia. Fueron testigos de aquel bautismo travieso y gamberro otro amigo poeta, como tú, una diosa germánica y una ninfa de la tierra… Imposible encontrar mejor compañía para un viaje.

Luego –¿o fue antes?– me regalaste el esqueleto de un erizo de mar, que es un poema: una “pagoda pura de la simetría”, dijiste. Y también un poema, que es un erizo, al cual iguala como mínimo en belleza. Desde entonces, he conservado ambos regalos –el erizo/poema y el poema/erizo– como si fueran el más preciado de los tesoros.

Pero nuestra amistad ya había quedado sellada de tiempo atrás, desde que nos estremecimos de gozo al contemplar nuestras almas desnudas al borde de aquel quimérico estanque, donde me recordaste, amigo, que las palabras no son inocentes. Fue una noche de júbilo fúngico, donde chapoteamos a nuestro antojo bajo la comprensiva mirada de Catón, aquel perro viejo y sabio. Después vendrían más chapoteos: las noches estrelladas del Mediterráneo y los bosques del Pirineo –¡bendito valle de Tena!– fueron escenarios perfectos para desarrollar nuestra fraternal complicidad.

Te has enfrentado a la visita de la parca solo, a pecho descubierto, una tarea que debiera estar reservada únicamente a quienes tienen hechuras de héroe, pues todos sabemos que a la Dama de la Guadaña nunca se la vence… como mucho, se la puede engañar, aunque no indefinidamente… ¡Pero tú tenías cuajo de héroe!

Prefiero pensar que no has tenido que librar batalla alguna, que no has sufrido, que simplemente has pasado –como Alicia– al otro lado del espejo, desde donde nos observas preñado de compasión –a todos nosotros, ¡pobres mortales!– con esa pinta tuya de bucanero psiquedélico.

Un abrazo infinito,

J. C. Usó

P.D.- Me acabo de enterar que uno de tus últimos escritos no fue un poema soberbio de los tuyos, sino un e-mail con mi número de teléfono para el Gnomo de Peña Telera, que lo había extraviado. ¡No sabes cómo maldigo el fatal destino que nos ha impedido reencontrarnos en breve, como teníamos pensado los tres!

 

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Revista de viajes interores. Aproximaciones a la expansión de la conciencia.
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